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-t aTT w j V indese u n a Navidad sin besugo, pero no u n a Navidad I y muclio menos u n a Navidad madrileña, a costnm bre ni la tradición las que colocan al misero pescado en medio de ios voraces festejos de Diciembre, como P 4 f- sucede con otros manjares de esta época. Podría el pavo comerso en Febrero y el tn. rrón hacerse en verano, pero la fuerza de las circunstancias trae al besugo con los fríos, do m a n e r a que no h a y a escape. Su oportunidad, tristísima para él, le pone ante la boca del hombro en la última vigilia del año y le hace alternar después en las promiscuidades de la P a s c u a con el capón dorado al horno, con las pálidas pencas del cardo, con los embutidos del cerdo, con las anguilas de mazapán, que r e c u e r d a n las otras anguilas vivitas y coleando, manjar preferido do la Navidad allá por Xápoles. Ni lo queda el consuelo de asistir, como el pavo, á su propia cotización; de ver los preparativos que hace el hombre antes de engullírselo; de ser paseado vivo por las calles, excitando la admiración de t r a n s e ú n t e con pocos fondos, n i de ser cebado quince días antes con todo mimo y á cuerpo de rey. El besugo, infeliz, modesto y obscuro, es sorprendido en alta m a r y á grandes profundidades; y a en el mercado, no puede tener, como las aves, el derecho del cacareo sino que, rodeado de témpanos y nieve, encorva su irisado lomo en la t a b l a del m a r a g a t o y pasa rápido del mar á la tienda, do la tienda á la besuguera, y de la besTiguera al estómago, no precisamente sin comerlo n i b o b e r l o pero sí en u n periquete ó santiamén. Mientras los otros manjares de Navidad corren de casa en casa en esa vuelta colosal que suelen dar los aguinaldos, el pobre besugo carece de odisea mortuoria, como carece t a m b i é n de odisea viviente. ¿Quién va á regalar u n besugo? Cada cual compra los que necesita, y ¡santas Pascuas! El aceite forma su mejor salsa; las rodajas de limón, su mejor aderezo. ¡Ah! ¡Si u n día los limoneros se helasen, quizás el hielo, que viene á señalar el fin del besugo, señalara entonces su salvación! ¿Pero quién va á creer en la helada de los limones? Apenas se echase á volar la especie, diría todo el mundo: -Son voces que los besugos hacen correr. Como dijo Eossini en caso parecido: ¿Sabe usted, maestro, que este año las trufas son venenosas? ¡Bali! Esas son voces que hacen correr los pavos. Como el besugo es español, y es modesto y es b a r a t o nadie le hace caso dentro ni fuera de España. Se le toma la escama, y a que no puede tomársele el pelo. Es g r a n resorte en los cuentos de pega, como aquel del enamorado que pierde el anillo en el mar, y u n día comiendo besugo se encuentra dentro con l a espina. Y figura también on la l i t e r a t u r a d r a m á t i c a moderna, si bien como personaje que no habla ni asoma por el roscoriio. Keouérdese el besugo en cuyo vientre se e n c u e n t r a n las palabras misteriosas cantadas con música de Caballero en el primer acto de Los snhrinmí del capitán Granl. 11 Los mares del Norte de España, el rudo Cantábrico con sus alborotos sublimes y sus furias colosales, son teatro de la pesca del besugo en las noches más crudas del invierno. Cierto que esta pesca no ofrece n a d a do particular desde el p u n t o de vista pictórico y aparatoso; m a s ¿dónde nada más sencillamente dramático que el abandono de la débil b a r c a á muchas millas do la costa y en época en que las inclemencias del cielo y los furores del m a r parecen unirse para proteger contra las traiciones del anzuelo al mísero besugo, oculto casi siempre á 100 y 120 brazas de la superficie? Bu algunos puntos de la costa hay vapores especiales dedicados á esta clase de pesca; por lo común se hace en lanchas de altura con 18 ó 20 hombres de tripulación, que dan á media noche el primer golpe de remo y