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847 Las doce. El altar espera encendido. Vtr. ga el paraguas, que aún está el cielo envedijado. Los zuecos se hallan á la puerta. ¡Qué noche p a r a atravesar esos prados con setenta años sobre las costillas! Pues n i n g ú n viejo se ha quedado en casa. P a r a eso se h a n hecho los cayados, las gorras de piel y los capotónos. Los mozos no tienen frío, ¡por algo son jóvenes! y abren la m a r c h a cantando villancicos á coro. En alguna cuadra, on algún corral se oye al pasar el cortejo t u m u l t o ó pataleo: son las gallinas que se alarman, la vaca que se despierta. mí í: 4 Allí está la iglesia con su espadaña y su porche cubiertos de nieve. Tiene abierto su portón de par en par, y por él sale un alegre resplandor de cirios que parece u n a boca diciendo á los campesinos, que se sacuden los zuecos pataleando bajo la portalada: Muchas gracias, hijos míos, por haber venido a l a Misa del Gallo on u n a noche como ésta. EN EL ORATOEIO DE LOS DUQUES Todo el mundo está allí de rodillas en el gran salón de los retratos, 03 endo la misa tradicional, que acaba de empozar el capellán de la casa. Las puertas de la capilla, abiertas de p a r en par, m u e s t r a n á los fieles el tesoro arqueológico que el oratorio contiene, y que revela las aficiones de su dueño. Un retablo gótico legitimo, traído á su palacio de l a corte desde cualquiera de las humildes iglesitas campesinas de su propiedad; una Virgen bizantina auténtica, y u n a vidriera de colores t a p a n d o el balcón: la que perteneció á u n convento del siglo X I V ya derruido. Nadie escapó de la piadosa cita. Los nietos del duque, los niños de sus sobrinos, toda la tropa menuda, libre de a y a s é institutrices por lo solemne de la noche, se agrupa en delicioso m o n t ó n j u n t o al noble anciano, pensando las mentes infantiles en el árbol de Noiil, que han tenido que dejar por el fastidio de la misa. La duqaesa, severa y venerable con sus cabellos blancos, recordando por el continente las damas de los r e t r a t o s do Velázquez, apóyase en su reclinatorio, y á su lado asisten sus hijas casadas á la celebración del santo sacrificio. Los convidados, los habituales, la tertulia distribuyese aquí y allá: las señoras, reunidas a l a cabeza del salón; los caballeros á los pies; y en último termino se arremolina la servidumbre, desde el mayordomo hasta el criado de plantón, con h a r t a zozobra de alguno de los invitados, que piensa con espanto, mientras se santigua, si el cocinero h a b r á abandonado la cena para cumplir sus obligaciones de cristiano.