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834 P e r o los de la peluquería comienzan por saludarme con más efusión que n u n c a y por dirigir sus miradas á u n a s tarjetas q u e h a n colocado h á b i l m e n t e en los espejos, y en las cuales se lee esta sencilla al p a r que dulce expresión de cariño: Los dependientes Jelieitan á V. las Pascuas. -Todo se está poniendo m u y malo, dice el que me afeita. A n t e s daba gusto ser peluquero en dias como hoy; pero ahora Mire usted la bandeja: de fijo que n o sacamos n i p a r a u n traje. De la peluquería paso al salón de limpiabotas, y allí, después de sacarme lustre con verdadero frenesí, me dice uno de aquellos hombres negros, presentándome la consabida tarjeta: -Caballero, no pedimos más que lo que b u e n a m e n te abonen los parroquianos. -Muchas gracias. Creí que h a b í a n ustedes impuesto u n a cuota fija é incontrovertible. -No, señor; puede usted dar lo que guste. -Vaya, pues muchísimas gracias otra vez, y Dios se lo pague á usted en el cielo. T tengo que soltar dos realitos, que recibe el hombre e m b a d u r n a d o con relativa g r a t i t u d Si voy después al teatro, los de la p u e r t a me meten por las narices el cartón; si me dirijo á las b u t a c a s los acomodadores me a c o m e t e n con otro; si e n t r o en el escenario, el portero me suelta el suyo correspondiente; y no falta más sino que la p r i m e r a dama, al recibirme en su cuarto, saque de la escarcela u n pergamino y me felicite t a m b i é n las P a s c u a s con l e t r a gótica. i A y de mí! y ¡ay de D. Heliodoro, m i vecino del tercero, que acaba de quedar cesante! ¿Qué vamos á hacer? p r e g u n t a la esposa poniéndose en j a r r a s ¿Con qué dinero m a n d a m o s á la compra? ¡A y qué h o m b r e éste! ¡Ay qué desgracia tuve al casarme contigo! Algo habrás hecho tú para h a b e r t e quitado el empleo. Como tienes esa lengua t a n larga, h a b r á s hablado m a l del ministro- -No me ahogues m á s de lo que estoy, Emerenoiana, contesta m i vecino dejándose caer sobre u n a silla. -Bueno, pues á ver qué se h a c e -Por de pronto, h a y que rebajarle cuatro pesetas al salario de la criada. A mi n o me pongas más que medio panecillo en cada comida. H a y que decirle al a g u a d o r que t e devuelva aquellas b o t a s viejas que le regalamos el mes pasado. Si me reponen, como espero, se las daremos o t r a vez. Cuando el m a t r i m o n i o está echando cuentas y adopt a n d o resoluciones que tienden á nivelar el presupuest o suena la campanilla y aparecen los hombres de los aguinaldos. -Señorito, dice la criada. A q u í está el cartero, y el repartidor, y el dependiente de la empresa del gas, y el de la luz eléctrica, y el sereno, y la p o r t e r a- ¡Y el demonio! grita mi vecino Ebriendo el balcón con ánimo de arrojarse al a r r o y o de cabeza. P e r o la esposa le contiene y v a á coger los últimos dos duros que quedan en el cajón de la cómoda p a r a repartirlos e n t r e los enemigos de la tranquilidad pública. ¿Qué se diría de u n caballero con levita l a r g a y sombrero de copa si no diese aguinaldo? H o y pide casi todo el mundo, y aún liemos de ver metidos en eso de los aguinaldos á muchas personas que aún no se deciden á dar el paso supremo, pero que lo d a r á n Quizás el año que viene venga á l l a m a r á la p u e r t a de m i casa D. Aquilino, mi verdugo mensual, exhibiendo u n a t a r j e t a que diga: EL CA 8 EEO Felicita á V. las Pascuas LUIS (DIBUJOS DE M K C A C H I S) TABOADA