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Adoración de los Magos Algún tiempo después, tres hombres venidos del Oriente, y llamados Magos á causa de su ciencia, aparecieron e n J e r u s a l é n Allí dijeron que el Bey de los Judíos era nacido, porque h a b í a n visto su estrella, y p r e g u n t a r o n dónde se e n c o n t r a b a el Niño- Dios, pues t a n sólo adorarle era el objeto de su venida. L a presencia de los Magos fué el acontecimiento de l a ciudad. Heredes, rey de Judea, quiso hablarles. Heredes era u n principe suspicaz, iracundo y cruel. Comprendiendo que se t r a t a b a de u n competidor, turbóse y quiso averiguar el sitio donde acababa de nacer Cristo. Los principes de la nación, los escribas y los sacerdotes, le respondieron: En Belén de Judea. Herodes envió allá á los Magos, después de pedirles hipócritamente que vinieran ¿i n f o r m a r l e después de cuanto hubieran visto, á fin de poder i r él en persona á adorar al Divino Infante. P a r t i e r o n los Magos, confiados y gozosos. L a estrella que les había guiado á J e r u s a l é n salió de nuevo y les conduj o al lugar donde estaba J e s ú s Habiendo encontrado al Ñiño en el regazo de su madre, le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, y misteriosamente advertidos de que no volviesen á ver á. Herodes, t o r n a r o n á su país por otro camino. CÜADKO DE OIORDAKO LDIS VEDILLOT La huida á Egipto Como llegase á conocimiento de Herodes que había nacido el Mesías deseado, le asaltó el temor de que le quitase el trono: temor ridículo que San Fulgencio le reprende en estos términos: ¿Por qué así te turbas, Herodes? Este E e y recién nacido no viene á vencer reyes combatiendo, sino á subyugar de u n modo admirable a l a s naciones muriendo. El impío rey aguardaba saber por los santos Magos el l u g a r en donde hubiese nacido el E e y Mesías para quitarle la vida; m a s viéndose burlado de éstos, decretó l a muerte de todos los niños que á la sazón se hallaban en los alrededores de Belén. E n t o n c e s fué cuando el Ángel se apareció en sueños á San José y le dijo: Levántate, toma al Niño y á su Madre y huye á Egipto. G- erson p r e t e n d e que l a misma n o c h e San José lo participó á María, y tomando al Niño Jesús emprendieron el camino, como parece deducirse claramente del mismo Evangelio: Levantándose, tomó al Niño y á su Madre e n la noche y se retiró á Egipto. ¡Oh Dios! diría la Virgen, según el b e a t o Alberto Magno; ¿el que viene á salvar á los hombres h a de h u i r de ellos? E n t o n c e s conoció la afligida Madre que empozaba y a á realizarse en el Hijo l a profecía de Simeón: Está destinado p a r a ser el blanco de la contradicción de los hombres viendo que recién nacido aún era perseguido de m u e r t e ¡Qué pena debió experimentar el corazón de María, escribe San J u a n Crisóstomo, cuando se le intimó aquel duro destierro j u n t o con el Hijo! Muy fácil será conocer cuánto padecería la Virgen durante este viaje. L a distancia que les separaba do Egipto era,