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819 espantoso descorazonamiento no se apoderara de nosotros, tuvimos que recurrir á aq uel histórico ¡qué importa! pues era la panacea de nuestros males. Y si embargo, ¡vaya si importaba! Como que aquel lamentable acontecimiento influyó directa y considerablemente en nuestros destinos. n Procedente de la disuelta partida, y salvando con no sé cuántos trabajos el paso de Aragón, se presentó de alli á poco un cura que, después de desempeñar desde los comienzos de la campaña papel menos conforme con su ministerio, solicitaba ahora modestamente la plaza do capellán de uno de los regimientos de la división de que yo formaba parte. ¡Y vaya si lo consiguió! ¡Bonito era Mosén Antón, que tal era el nombre por que se nos dio á conocer el clérigo, para no salirse con la suya! No sólo capellán, precisamente de mi batallón, se le hizo, sino que como por ser oriundo de aquella parte se sabia al dedillo los menores accidentes del terreno, 4 pesar de ser hombre burdo y de no muchas letras, no se daba paso que no se consultara con él. Y eso sí; de teologías podría andar poco menos que rapado á navaja, poro lo que es en la estrategia menuda propia de los guerrilleros, igualaba, ya que no superara, al Marquesito, á Juan Martin, al Médico, al cura Merino y á cuantos jefes de partida andaban diseminados por todas las provincias de España. Pero á pesar de eso, á mi no me pasaba de dientes adentro el tul curita. Su carácter tozudo y aficionado á imponer su voluntad; sus maneras, al par que bruscas, reservadas, y sobre todo, su prurito de llevar la contraria á cuanto disponían nuestros jefes, me le hacia no sé si antip; ltico ó sospechoso. Mis desconfianzas no tardaron mucho en tomar mayor y más sólido cuerpo. III El afán de fraccionar nuestras fuerzas había reducido las del grupo en que yo me hallaba incluido á cinco regimientos de linea, dos piezas de escaso calibre, y por toda caballería al regimiento de Numancia y á Unos sesenta húsares. El jefe que nos mandaba, brigadier bizarro y denodado, pero hombre de carácter déoil, ponía todo su conato en esquivar cualquier encuentro con el enemigo hasta tanto que nos uniéramos con mayor grueso de tropas, y para ello trataba de dirigirnos del lado de la Bisbal, donde, según confidencias, operaba la división de O Donnell. Pero Mosén Antón que, como siempre, era de la opinión opuesta, tanto despótico, con tan claras razones hizo ver que sólo torciendo hacia Hostarich podíamos hallar la seguridad apetecida, que después de aprovisionarnos de mala manera en dos ó tres pueblos que hallamos al pa: o, seguimos, no de buen grado por cierto, las indicaciones del cura guerrillero, tardando escasas dos jornadas en hallarnos internados en un desfiladero por el que sólo con trabajo podía pasar nuestra exigua artillería. Y alli fué ella. Cuando nuestras descubiertas salieron á la llanada en que la garganta desembocaba, nuestro asom. bro, mejor dicho, nuestro espanto fué superior á todo encarecimiento. Frente á nosotros y alineada ya en correcto orden de batalla se veía una no despreciable columna de tropas francesas que parecía esperarnos á pie firme con la seguridad de que no tenia que molestarse mucho para destrozarnos á su sabor. Aquello era un copo en toda regla, y no sé lo que los demás pensarían, pero para mi fué indudable que elgolpe de mano era producto de la traición de Mosén Antón. Para confirmarme en mi idea bastaba ver que, haciendo todavía más comprometida nuestra situación, el cura había desaparecido, llevándose una parto de nuestra infantería. jSTuestro jefe podría pecar de irresoluto en las circunstancias normales, pero no lo ora enfrente del peligro, y con tanta prontitud como energía dispuso un plan estratégico que no podía tener otro objeto que proporcionarnos una retirada que salvara, si no toda, la mayor paiíe de la columna. Para ello situó á nuestros soldados de línea en la embocadur- a. de la garganta, con orden de que no nos replegáramos hasta tanto que la artillería y ios jinetes hubieran operado el movimiento de retroceso que necesitaba para esperar al enemigo, si no había otro remedio, al otro lado de la cañada, que era donde únicamente podían maniobrar. Nuestra bizarría, no es porque yo lo diga, rayó en el heroísmo. Más de media hora tuvimos á raya á los imperiales sin dejarles avanzar un paso, y cuando al cabo de ella tuvimos que abandonar Ja importante posición, nuestra retirada se inició con el mayor orden. Sin embargo, fuerza es confesar que cuando los franceses lograron meterse en el desfiladero, tal era su empuje; que nos creímos irremisiblemente perdidos. Pero ¡oh sorpresa! En lo más crítico de nuestra situación, los que ya se tenían por vencedores se vieron detenidos por un vivo y sostenido fuego de fusilería que salía de todas las quebradas de la roca en que estaba tallado el angosto paso. Nuestros infantes, antes desaparecidos y ahora convertidos en verdaderos guerrilleros, guiados por Mosén