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MOSÉN ANTÓN EPISODIO DEL ANO 10 Las tropas del mariscal Angereau nos tenían fritos. Aquello era no descansar un momento. Marchas por aqni, contramarchas por allá, y siempre el mismo resultado: tener que hahémoslas con fuerzas muy superiores á las nuestras, y lo que es consiguiente después de tan heroicos como inútiles esfuerzos, acahar por pronunciamos en una retirada, vergonzosa nunca, pero siempre costosísima. Porque aquellos días sí que fueron los de prueha. Puede decirse que sin ejércitos, dominada España casi entera por el francés, descorazonados por los gloriosísimos, pero desastres al fin, de Zaragoza y Gerona, sin que nos alentara en mucho tiempo aún el señalado triunfo de la Albuera; faltos de comunicación con el resto de la Península en aquellas montañas del Principado que tanto preocupaban al Capitán del siglo, preciso era ser españoles para no rendirse al peso de tanto y tanto infortunio. Y los que peor lo p a s á b a m o s éramos las tro pas regulares, si tal nombre podía darse á aquellos re armados é inconexos batallones formados con las reliquias de los cuerpos de ejército, que en no poca parte hab í a n sido h e chos prisioneros de guerra en las ya rendidas plazas fuertes. A mi, que se me acababa de agraciar con la charretera de alférez y que había tenido la fortuna de escapar de Lérida pocos días antes de que no sé si la impericia ó ntregara al invasor, erte incorporarme á iezmadas compañías de Ultonia no eomcapitulación de eantas las penalidades pasábamos, que no cierta envidia hacia lleros que al princi 1 con desprecio, sino los por conocedores I m que nosotros andáegas, esperábamos su au verdadera ansia. Así fué que cuando Uegó, aunque con gran retraso, á nuestra noticia el copo que los franceses habían hecho de la partida de Mina el Mozo, y supimos que el valeroso caudillo había traspasado la frontera como aherrojado cautivo de aquellos de quienes tanto se había hecho temer, para que el más