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796 TuSi, presona es, poco más ó menos, del mismo cuerpo- ¿Qué se le ofrece á usted? le p r e g u n t ó el amo. que y o ¿Aquí es donde, sin ofender á nadie, venden pasteles? Y alli de probar, u n a t r a s otra, cuantas había en la- Si, señor. ¿De crema, de dulce? t i e n d a pues al lugareño le parecían todas caras ó de- -Pues vareados. ¿Pero serán frescos? m a l a vejez. P o r fin encontró u n a que mereció su aproba- -AcalDan de salir del horno. ción; pero le pedían u n a onza por ella, y tuvo que salir- -Estos sí, pero yo los quiero p a r a m a ñ a n a y volver á e n t r a r infinidad de veces hasta conseguir que- -Lo mismo da. A q u í no queda n a d a de u n día p a r a se la dejaran por sesenta pesetas, otro; nos comemos las sobras, repuso el amo, olfateando con quién se las había y disponiéndose á tomarle el pelo. -El caso es, repuso al t e r m i n a r el ajuste, que no traigo b a s t a n t e encima. -Y diga usted ¿habrá bastantes? P o r q u e y o nesecito- -Eso no importa, le argüyó el dueño. El chico irá con cincuenta. usted al parador y allí le puede pagar. -Muchos son; pero sacudiendo bien la h a r i n a de los- -Pero si es que no me he acordado hasta última hora, sacos, lograremos llegar. y me esperan y a en la estación con el baúl amarrado y- ¿Sabe usted? Es u n a apuesta que me h a n ganado, y el dinero dentro. como he perdido, quisiera reírme u n r a t o con ellos. -En ese caso balbuceó el principal recogiendo l a- -Usted dirá. capa. ¿So me podría usted hacer, entre los cincuenta, dos- -Aguarde usted. ¿Conoce usted á D. Pulgosio, el pastedocenas rellenos de estopa ó de cualquiera otra engañifa, lero de al lado? y con u n a pasta m u y dura, m u y dura, que no h a y a cris- -Si, señor, es mi amigo, y tiene el r i ñ o n bien cubierto tiano que le hinque el diente? -Yo n o sé cómo tiene el riñon; pero le he vendido- ¡Ya lo creo que sí! -Pues á ello. Sobre todo, dura la pasta. ¡Ah! Y pónga- unos sacos de harina, y me debe ciento veinte pesetas que ha de enviarme m a ñ a n a al pueblo por el ordinario. les usted u n a cruz encima para n o equivocarme, porque como h a n de t e n e r todos la misma cara p a r a que no sos- ¿Le es á usted igual que le pague él? -Hombre, si es verdad lo que usted dice, n o tengo inpechen conveniente. -Entendido. ¿Fus había y o de mentir? Véngase usted conmigo. ¿Y cuánto debo, don? ¿Cómo se llama usted? Y comerciante y cliente se e n c a m i n a r o n al Ideal Po- -Fulgosio. Pero y a pagará usted m a ñ a n a lítico, donde el dueño y los mancebos estaban afaenados- -No, no; somos mortales. en despachar la provisión del postre de la comida, que á- -Pues á diez céntimos, cinco pesetas. ¿Adonde h a y que aquella h o r a h a c í a n las criadas de l a vecindad. llevarlos? -Oiga usted, D Fulgosio, gritó el paleto desde la- -Vendré yo por ellos. Ahí va: veinte reales. Conque puerta, parapetándose detrás del amo de la ropería. De salud, D. Pulgosio; me he alegrao t a n t o de conocerle á uslos veinticuatro daros aquéllos, le m a n d a r á usted doce al ted. ¡Por Dios, que estén m u y duros! Ea, hasta la otra. señor. El paleto salió de la pastelería frotándose las manos de gusto por el chasco que iba á dar, y tomó adelante, haciendo su correspondiente estación en cada alm a c é n donde había expuesto algo llamativo. No había pasado tres puertas, cuando se paró en seco ante u n a fila de maniquíes que r e c o m e n d a b a n con sus flam a n t e s vestimentas la elegancia sin i g u a l de la ropería á que d a b a n guardia de honor. Allí h a b í a cazadoras al precio de los forros, y ternos que, á puro estar al sol, y a n o eran ternos de lanilla, sino ternos secos. El asombro que en el de la zamarra produjeron los monigotes, que al pronto había tomado por hombres de carne y hueso, fué tal, que empezó á tirarles de las orejas y. á restregarles los carrillos p a r a convencerse de que no era víctima de u n a alucinación. L a n a r i z de u n o de ellos le causó tal entusiasmo, que cogiéndosela entre los dedos como con u n a s tenazas, dé fijo se las t r i t u r a á n o detenerle los alaridos de su propia víct i m a H a b í a dado con el hortera, que estaba t o m a n d o el sol y admirando el a r r a n q u e de la pantorrilla de u n a joven que se precavía de u n bache r e m a n g á n d o s e el vestido. -Más valiere- que me comprara usted a! dijo el dueño, atraído por las voces de su dependiente! -Pus es verdad, contestó el lugareño, haY, en efecto, veinticuatro hoi is más tarde el almaceciendo memoria. Se me había olvidado que nesecito u n a nista de ropas hechas recibía u n a docena de pasteles con capa p a r a u n encargo que me h a n hecho. los que se podía empedrar el arroyo, mientras el fingido -Las- tenemos superiores, y casi de balde, paleto resolvía el problema de hacerse con capas á duro. -usted. (DIBUJOS ¿K F. MOTA) EsTRiQUB G A S P A E