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CAPAS Á DURO Las Navidades se aproximaban, y Madrid era un hervidero de gente que de los pueblos comarcanos venía á hacer sus provisiones y á admirar el aparato tentador de los escaparates. Cada tienda podía compararse á un paraíso en el q ue, bajo formas distintas, había una manzana esperando á un Adán. La lengua en escarlata ó el- jamón ¡lacé, ciue parapetados tras macizo cristal despertaban la gula del transeúnte, tenían por complementarios el panecillo de la tahona vecina, el médoc de la bodega inmediata, y hasta los cubiertos de la platería de enfrente para la debida dirección. Del indumento no hay que hablar, porque entrando desnudo un individuo por el extremo de una calle, podía salir por el otro vestido de corto ó de largo, de macho ó de hembra, y hasta montado en brillantes el amigo de lucir, ó en potro el aficionado á la equitación. Pero las golosinas se llevaban la palma, no sé si porque el bollo está al alcance de todas las fortunas, ó porque la Navidad es la fiesta de los médicos, y cada cliente, por deferencia á la clase, se procura su respectiva indigestión de dulce. Cada confitería era una colmena, con sus abejas correspondientes en la forma de muchachas bonitas, y sus zánganos iáés ¿en la de ociosos que todo lo miran sin com. pi ar nada. El símil es tan exacto, que ni la cera faltaba en los oídos de alguna m. aritornes enviada por sus amos á recoger una anguila. El Ideal Político se llamaba, ignoro con qué fundamento, una pastelería cobijada en los soportales de la calle Mayor, que, no obstante su modesta apariencia, debía estar bien aparroquianada, á juzgar por su relativamente numeroso personal y por las hornadas siempre recientes que lucía en el escaparate. El dueño y dos mozos, uno de los cuales era moza, no de nadie, sino por razón del sexo, no tenían manos, como suele decir; se, para servir pasteles de diez céntimos á la numerosa clientela que de las oficinas inmediatas acudía diariamente á tomar un piscolabis. El establecimiento debió darle en oj os á un individuo de aspecto malicioso, con zamarra lanuda y sombrero pavero, que se paseaba hacía rato por los soportales como quien no tiene cosa urgente que hacer, por cuanto cada vez que pasaba por delante recalaba en el aparador, y uno por uno pasaba revista á los bartolillos, hojaldres y almendrados que, humeantes aún, se exhibían en una especie de gradería forrada con papel de color de rosa festoneado. Hizo varias tentativas para entrar, pero se detuvo al ver tanta gente, temeroso acaso de ser mo 4 fco sa lesto, pues aunque su porte acusaba una desahogada posición, se veía á la legua que, procedente de algútt pueblorlimitrofe, carecía de trato social y le asustaban, como á las autoridades en tiempo de suspensión de garantías, los grupos de más de ti- es personas. Por fin, en un momento en qub, después del achuchón de las once, quedó la tienda vacía, nuestro hombre se decidió y traspuso el escalón que le sej araba del nivel de la calle. -Alabado sea Dios, dijo descubriéndose. EL IDEAL POLÍTICO.