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ANO IV M A D K I D 15 DE DE 1894 NUM. 189 ESCENAS DE MADRID A maestra con su traje do trapillo, graciosamente recogida la falda y echada á escape la mantilla sotii e el gracioso peinado; la oficiala con el m a n t ó n n e t a m e n t e madrileño, el lio en la m a n o izquierda y la derecha sobre la cadera, marchan con paso rápido y menudo á casa de la impaciento parroquiana, que aguarda el santo advenimiento del nuevo traje. E n la larga faena do la ú l t i m a j definitiva prueba se corregirán las imperfecciones del vestido, ya sobre el cuerpo de la propietaria, ya sobre el maniquí do mimbro que so yergue alto y pálido en el cuarto de la costura. No hay tiempo que perder. El traje- se necesita p a r a dentro de media íí- ín hora; sin él n o puede irse al teatro, al baile ó á la reunión, y antes do p r e t e x t a r u n a indisposición de última hora, la misma señor i t a de la casa se arma de aguja y dedal y ayuda á la maestra y á la oficiala en el rápido trabajo de corregir pespuntes, deshacer arrugas y arreglar fruncidos. Cuando terminada la nerviosa labor suspira do satisfacción la señorita viendo arregladas las dificultades, emprenden las modistas, rendidas por el trabajo de todo u n día, su vuelta á casa, donde les aguarda la cena fría y la familia impaciente. Son cosas del oficio. A diario so ven por esas calles modistas, oficialas y aprendizas, desempedrando las acer a s y sin poder desahogar sus ráfagas do mal htimor más que con los galanteadores empedernidos que las siguen y piropean. Madrid sin modistas perderla mucho de animación; la calle del Carmen, la del Principe, donde quiera que existo u n taller, hay á todas horas risas, alegría y juventud, contenidas en las horas de trabajo y desbordadas á las horas de la salida. L a maestra, aunque j o v e n y bonita, m a r c h a serena y grave p a r a no perder el aire de autoridad; las oficialas, alegres y dicharacheras, pájaros que vuelan u n a s horas fuera de la j a u l a las aprendizas deteniéndose con curiosidad en los escaparates y en los grupos de curiosos, llevando trabajosamente la caja de madera con tapa forrada hule y gniesa correa para sostenerla al brazo. Dentro van los trajes vaporosos, extendidos y flojos para que no so arruguen. Cuando la modista viaja en tranvía, al punto el coche, privilegio raro y excepcional, enarbola el pabellón correspondiente. Es la caja grande, rectangular, de p u n t a s romas y tapa, impermeable, que so b a l a n c e a suspendida p o r la correa en el torno de atrás. (DIBUJO DB A L B E R T I)