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783 landa, debajo del bruñido coselete, y amplios gregüescos de obscuro color, que sujetan por más abajo de las rodillas amarillentas calzas. Durante los siglos X V I y X V I I los memorables tercios españoles diei- on en Flandes, en Italia, en África, en el mundíJ entero, la ley ó norma táctica; y ni entonces las poderopas naciones que los combatían, ni hoy el mundo militar, se atreven á cercenar á nuestra infantería la fama imperecedera y legítima que debe á su singular aptitud de ataque y resiít ncia; á sus increíbles dotes de paciente docilidad, de constancia y dureza en la fatiga; á sus especiales y opuestas condiciones de soltura, solidez, agilidad y bravura. España es, por co. rfesión de extraños, la tierra clásica do la moderna inf ¡intería. Lo mismo que la vimos con Gonzalo de Oórdova en el cálido clima de Italia, la encontramos con el marqués do la lloniana en el extremo septentrional de Europa; y luego más tarde, cuando la epopeya nacional de nuestra independencia, en Bailen, en Arapiles, en Vitoria, en San Marcial, en Zaragoza, en Gerona, en Ciudad Rodrigo, en mil combates, en las diarias sorpresas, én el paso de los desfiladeros, entre las asperezas de los riscos, la infantería, inflamada por el santo amor á la patria, cumple con brío su deber y la parte que le toca en aquel grande estremecimiento de un pueblo que juró arrojar de su seno al soberbio conquistador que tenía en us manos el cetro del mundo. iS J Sus glorias más recientes, frescas están en la memoria de todos. Ha peleado en tierra africana; y Sierra Bullones, Castillejos, Tetuán y Wad- Ras, testigos son de su valor y sufrimiento; en Santo Domingo, en Cochinchina y en Joló, ha luchado con los enemigos y con el clima cual correspondía á su antigua fama. Recientemente derramó en Melilla su sangre en defensa del decoro nacional, y reverdeció en la dura campaña de Mindanao los viejos laureles que adornan sus banderas. LITIS BERMEJO (Diunjos DB CUSACHS. tiS! h. -í V M A N I O B R A S DE liSi FANTEEIA es muy penosa para entretenerse en lindezas de tocado, y la intemperie en noches crudas, durante trab ijosos asedios de plazas, ha marcado su huella destructora en el semblante de Yáñez. ¿Quién, en ese r u i o arcabucero de rugosa faz, áspero y poblado bigote, brusca mirada y obscuro entrecejo, que con la mano derecha sostiene al mismo tiempo la horquilla del arcabuz y el chambergo, mientras con la izquierda en la culata del arcabuz de serpentina se ayuda á mantener sobre el hombro tan pesada arma de fuego, verá al apuesto y gentil mancebo, encanto de las mozuelas de la noble vilia de Talayera de la Reina? Y sin embargo de su descuido en el vestir, aúü luce primoroso jubón de rica tela, con blanca gola de ho- l