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De tanto laurel amoutonado por las armas españolas, mju to fuera no ceder el ramo que de (ierecho pertenece, en el terreno do la teoría, á la brillante pluma de Maquiavelo. Mucho debió influir sobre nuestros soldados, sobre uqueilos hombres que tan maravillosamente j u n t a b a n la inteligencia y la acción, la lectura do aquellas páginas, que hoy nos embelesan, del célebre secretario florentino. Divulgadas rápidamente por Europa, en casi todos los libros de la época se reflejan sus resplfcndores, que tal nombre merecen las ideas, atrevidas y varoniles para aquel tiempo y país, de milicias nacionales ejércitos permanentes abolición de ridículos condottierij j definitiva preponderancia de la infantería en organización y en táctica. Nicolás Machiavelli, como todos los escritores del lieniicimiento, al volver l i vista atrás para tomar, si pudiera decirse, impulso y aliento, la apartaban con desdeñosa repugnancia de la Edad Media, tan inmediaia, para penetrar, ávidos de luz, en el organismo militar por tantos siglos olvidado y disuelto de la sociedad romana. Y, por cierto, es excusable el empeño, algo excesivo, de resucitar la Roma consular y legionaria, si se atiende á que tan cercanos recordaban los mezquinos trastornos de bis repúblicas italianas, los desmanes del feudalismo en la E u r o p a central, y la anarquía, entre feudal y concejil, que por tantos siglos devoró á los pequeños reinos de E s p a ñ a De todos modos, el gran pase estaba dado, t a n t o con la pluma en el campo de la ciencia como con el arcabuz 671 el campo de batalla. E l principio fe towaHo aparecía fecundo y salvador. Si la infantería suiza, al revivir en el siglo X V tomó instintivamente contra la caballería de Borgoña el orden espeso y cerrado de falangej del erizo de picas, ó cuadro compacto de veinte filas y veinte hileras al frente de los franceses en Marignano, se encontró con u n nuevo elemento táctico: el cañón de batalla Diez años más t a r d e ante los muros de Pavía, el arcabuz español concluyó de plantear el complicado problema de ¡a táctica en el terreno moderno, en el cual lleva más de tres siglos esperando satisfactoria solución. E l Grran Capitán, al llevar á Italia á los soldades españoles, preparó y organizó el poderío militar de aquella España en cuyos doniinios no se ponía el sol. No eran, por cierto, despreciables los enemigos con quienes íbamos á entablar una lucha de dos siglos. Los nombres de Bayardo, Gastón, d Ars, á Aligre y Montlese, no eran menos brillantes que los nombres de los caudillos de nuestro ejército: Navarro, Paredes, Leiva, Pescara, Urbina, e t c y. si el éxito no les fué favorable, siendo iguales á éstos en valor, lógico es atribuirlo á descuido en saber ó ejecutar los preceptos del arte. Es de observar entonces en el ejército francés cierta inconsistencia que á veces le lleva hasta la disolución cuando la empresa entraña graves contingencias y no siente la mano vigorosa de u n caudillo ejercitado. E l español, por el contrario, siempre ha solido tener tan derramado por sus miembros el esp ritu profundamente militar de cohesión y disciplina, que ni por yerros del jefe, ni por desaires de fortuna, n i por el cañón mismo en el campo de batilla, se le ha visto, roto y dislocado, renunciar veleidoso á la empresa y evacuar descorazonado el teatro de las operaciones. Vacila, sí, algunas veces; maniobra, tantea, huye veloz si es preciso; pero aun en el trance desordenado de la fuga, desde el jefe al soldado, la idea de esquivar u n peligro inútil se completa siempre con la de afrontarlo otra vez en mejores condiciones, buscando la venganza y la victoria por camino más seguro. La diversa constitución y composición de ambos ejércitos en Italia explica esta diferencia. E l francés formaba contra las nuevas reglas el nervio del suyo con suizos mercenarios, que más de una vez le dejaron plantado al empezar la batalla, mientras que los señores soldados de la vieja infantería española, altivos como príncipes, con la pica ó el arcabuz al hombro, no dejaban á sus auxiliares, que desdeñosamente llamaban naciones más que u n lugar secundario y fatigoso. Éstos, indudablemente, fuesen italianos, alemanes, walones, croatas ó húngaros, con el roce continuo, con el ejemplo diario, llegaban muchas veces á gualar á sus maestros. P e r o siempre se nota en Colonna ó en Pescara, en el Condestable de Borbón ó en Filiberto de Saboya, en todos nuestros capitanes extranjeros, el ardor con que codiciaban, ante todo, el mando directo, inmediato, de la infantería española, como verdadero núcleo y sólida reserva. Con tales elementos, la victoria no es dudosa; entendiendo por tal, no la ventaja pasajera en u n choque fortuito, sino el logro satisfactorio de un vasto plan de guerra anticipadamente proyectado. Así, por