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773 Breve fué, sin embargo, la espera qué tal la importuna; que aún no deja en la verde pradera su lumbre primera la pálida luna, cuando, ansioso y audaz la mirada, aquel caballero que cruzaba la espesa enramada, sobre el pecho la cruz colorada y pluma al sombrero, por la margen del río cercano acude anhelante á imprimir, orgulloso y ufano, de la hermosa tapada en la mano un ósculo amante. IV En la olmeda, de allí á poco trecho, la luna veía que el galán murmurando ¡Esto es hecho! herido en el pecho al suelo caía, mientras tinto en su sangre el acero, el marido, con saña traidora, á la dama, entre airado y severo, gritábale fiero: ¡La adúltera ahora! ¿T el acero cayó? No; no tanto. Aún vive la bella; que al rasgar el marido su manto gritó con espanto: ¡Grran Dios, si no es ella! Y es lo raro que cuentan que al punto que supo la villa lo de aquel amador, que barrunto que las rondas hallaran difunto del rio á la orilla, no faltó, por mi fe, quien dijera: Lo injusto no estriba en que el que hizo el delito muriera: la injusticia está sólo en que viva la adúltera artera. ÁNGEL K. C H A V E S fDinu. TO DK M Í N D K 7 BBINHA) III El espanto pintado en la cara rugosa y sombría, cuando el rostro á volver se prepara la dueña, repara en que alguien la espía. De la mano que el cuello la aferra el golpe es tan rudo, que al doblar las rodillas en tierra, ve tan sólo el brillar, que la aterra, de un hierro desnudo. Ni una frase su labio murmura; en vano batalla por huir La presión es tan dura, que aunque de ella librarse procura, temblando se calla. EL MAESTRO MUGNONE DIKECTOK DE ORQUESTA EN EL TEAXKO BEAL DE MADBID