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765 Con aquel razonamiento pareció convencerse la moza, y á todo correr fué hacia la caseta. X u a n i n a tenia por aquel muñeco de la g u a r d a b a r r e r a u n afecto casi fraternal. Muchas tardes fueron dedicadas por los rapaces á j u g a r á las pitas y á maridos y mujeres ésta era su diversión predilecta. Era cosa de reirse á mandíbula batiente al ver á X u a n i n a haciendo de novia, descalza de pie y pierna, con el refaxo encarnado, la camisa de estopa con puños, airosamente prendida al pecho la solitaria de retal blanco con cenefa abuUonada, atado u n pañuelo rojo á la cabeza y cayéndole á la espalda dos trenzas de pelo rubio como las hojas de las panochas resecas, y al cuello u n a sarta de eoralís. Y cosa de m a y o r risa cotejar al novio, que no ostentaba otros requilorios que unos pantalones de pana, arreglo de unos del padre, sujetos por unos tirantes que cruzaban la espalda y el pecho, resaltando la cinta roja sobre la camiseta, no m u y limpia ni fina que digamos. Los nenes copiaban á las mil maravillas las escenas del casorio y h a b l a b a n de las cosas de l a boda como unos abuelos. Entusiasmábanse trayendo á colación los bailes de novios á son de t a m b o r y gaita, en los que todos los del concejo menean las piernas; de los cohetes voladores, encargados en estas fiestas de irles á contar á los ángeles con sus luces de bengala la dicha de los desposados; del banquete nupcial, compuesto de sopa de fideos añejos, pote con más fahes y verdura que morcilla y cosa de sustancia, cocido, arroz con leche, frutas y sidra, ¡muchísima sidra! que no está en el orden escatimar en tal día el champagne de los pobres. Convidarían á todos los del concejo, porque X u a n í n era de suyo rumboso; aínda mais que su madre llevaba en arriendo u n caserío, u n prado y unos cuantos castaños y nogales: ¡una riqueza! Y X u a n i n a con que llevase la Roixa b a s t a b a y sobraba p a r a pasar la vida como la pasan en Asturias los que tienen por ú n i c a c a m a u n puñado de hierbas. Bueno; además, los futuros arreglaban el método de su existencia matrimonial: se l e v a n t a r í a n m u y tempranito, y con u n cacho de borona dentro del estómago irianse á la huerta á trabajar las p a t a t a s ó el maíz hasta las doce, hora en la que comerían la m i t a d del pote ó de las riwes, y vuelta al trabajo; cuando el cielo se tíñese de rojo por la parte de la m o n t a ñ a que da á Poniente, regresarían los dos, dalle al hombro, en compañía de los del pueblo, y mal humor seria el suyo si no rasgaban los aires los ecos de coplas t a n dulces y melancólicas como queixas de enamorado; y después de arreglar la vaca y servir al gocho, comerían el resto del pote en santa paz de Dios, y á dormir, sirviéndoles de música los resoplidos de la Roixa, que indefectiblemente tendría el pesebre pared por medio de la alcoba nupcial Y todo esto ideábanlo los rapaces seriamente, con los ojos muy fijos uno en el otro. Un idilio purísimo, entablado casi todas las tardes á la puerta de la caseta, delante de la vía del ferrocarril, cuyas paralelas como serpientes, que los reflejos del sol hacían de plata, extendíanse á todo lo largo del valle, perdiéndose al pie de la montaña, en donde se abría como una boca negra é inmensa el túnel que salvaba el límite de Villabrines. nr Ya los pájaros del monte revolotean perezosos j u n t o á sus nidos: ya el verde esmeralda de los campos y el gris de las m o n t a ñ a s van cubriéndose de sombra; camino á traviesa cruzan pelotones de labradores, y las carretas chirrían ásperamente, y aún siguen X u a n i n a y X u a n í n hablándose de aquel eterno afán suyo de ser como sus padres: marido y mujer. El idilio se interrumpe por un resonar que parece el bramido de u n a fiera. X u a n í n levántase del suelo, y metiéndose en la caseta, vuelve á salir trayendo los banderines de señales: desplegado el verde, arrollado el rojo. ¡Pus n o se me había olvidao esto! ¡Digo, si la mía mare se entera, X u a n i n a de que por hablare contigo n o hacia la señal! Y el mozo calló, sorprendido de ver á su compañera de pie, con las manos extendidas hacia el camino del ferrocarril. ¡Mía Virgen! sollozó la n e n a ¿Qué te pasa, muUer? ¡La Roixa! ¡La Roixa, que ha saltao á la vía! ¡Me la va á m a t a r el tren! Y lloraba con desconsuelo, y á medida que se hacia cargo de que era u n a locura i n t e n t a r desviar á la Roixa de los carriles, en donde hallábase encaprichada con unos hierbajos, gimoteaba más dolorosamente. P o r mucho que la nena corriese, no llegaría á tiempo de a r r a n c a r l a de la vía. ¡Roixa! ¡Roixaaaü! ¡Desaparta! g r i t a b a n desaforadamente los muchachos á la endemoniada, que asi hacía caso de sus voces como de los gorjeos de los malvíses que cruzaban por encima d- e su cabeza. X u a n i n a demudado el semblante, temblorosa, con los ojos m u y abiertos, dirigía al cielo miradas de suprema angustia; parecía impetrar u n milagro. P o r u n momento vio pasar el tren por delante de la caseta, y luego caer brutalmente su Roixa del alma sobre los carriles; aquello ponía los pelos de p u n t a y hacia castañetear los dientes de la nena. X u a n í n espantado también, m i r a b a estúpidamente á su compañera. X u a n i n a no pensaba en t a n críticos momentos en que la muerte de la Roixa era la r u i n a de su casa, ni muchísimo menos en el castigo que á ella le sobrevendría; pensaba ú n i c a m e n t e en el dolor de su Roixa, empujada, destrozada por aquel demonio negro que iba siempre rugiente, arrojando humo, esmaltando la vía de brasas encendidas, corriendo como u n diablo. Antes que el tren arrollase á su vaca, prefería ella morirse. ¡Si la quería t a n t o ó más que á su madre! Desde luego, más que á las niñas de sus ojos. ¡El tren. Virgen! exclamó con voz de susto el muchacho. Con los ojos que parecían querer saltársele de las órbitas, con la cara como la de u n a muerta, respirando anhelosamente, trémula, X u a n i n a abarcó con u n a mirada indecible los dos puntos de la vía que originaban su pena: aquel que ocupaba la Roixa y el que iba recorriendo el tren, siempre rugiente, siempre arrojando por su chimenea espesas bocanadas de humo, siempre corriendo como u n demonio. El t r e n se aproximaba rápidamente á la caseta. X u a n i n a como si obedeciese á u n a inspiración providencial, como si recordase algo que pudiera salvar lo que ella más quería en el mundo, revolvióse bruscamente hacia X u a n í n y sin decirle palabra, le arrancó de debajo del