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LA ROIXA De sol á sol veíase á X u a n i n a la rapaza detrás de la lioixa, una v a q u i t a ruliia con u n a m a n c h a gris en el testuz. I b a la nena por los altozanos y vericuetos, por las praderas comnnales y caminos de travesía, atendiendo solicita á la Roixa en el aquél de que no se colase de rositas en los campos acotados ó diese en la flor de saltar al camino del ferrocarril, que con sus paralelas cortaba en dos mitades, de N o r t e á Sur, el valle de Villabrines, uno de esos valles sólo soñados en Asturias, encajonados entre m o n t a ñ a s que parecen t o c a r soberbiamente al cielo, vestidas en las cimas de nieves perpetuas como tocas cuajadas de perlas, y en las laderas de robles seculares; rota aquí y acullá la tonalidad verdosa por casitas asturianas que, vistas de í lejos, parecen palomas escondidas en la umbría; y al pie de los bosques, sobre el tablero del valle, tapizado por u n a vegetación exuberante que recubre la tierra, los peñascos y se adhiere á los troneos de los árboles y trepa por las paredes, vense desparramados al azar los puebleoillos que forman el concejo. Y en los días despejados, si miráis á lo alto, el cristal de los cielos tiene diafanidades extraordinarias; el gran cautivo deja caer á chorros su luz sobre los rincones astures, en donde el ambiente llega al alma, en donde las emanaciones del m a r y de las florecillas silvestres, de la hierba de los prados y de las montañas, ensanchan los pulmones, y al respirar, indudablemente habéis de creeros transportados á u n mundo en que el es- M j l W S S á y i S a y r t A S v plrltu se engrandece ai recrear la vista J L a. ji HP! WmSr- ís en la solemnidad de su conjunto. Quería X u a n i n a á su Soiom como quieren los niños: con adoración sin limites, con toda el alma. Desde que la rapaza pudo valerse á sí propia, fué encargada por mío pd de la vaca, el único tesoro de la familia; y al hacerse cargo de él la nena cobróle tales aficiones, identificóse de t a l m a n e r a con sus gustos y modo de ser, que n i u n a madre sabría atender mejor á su hija que la n e n a á su Roixina. Llevaba en la m a n o u n a varita de fresno, y con. ella jamás hostigó á la vaca. ¡Eso sería u n sa irvíale t a n sólo p a r a espantarle los moscones, p a r a señaI ejores bocados de hierba; guiábala siempre por sitios en abundancia de pastos, y cuando ahita la Roixa entregái a m e n t e á r u m i a r su comida, echábase también la rapaza sos del animal y le contemplaba como u n a enamorada, y entrábale después de aquellos éxtasis de cariño u n afán de ternuras expansivas que se t r a d u c í a n en besos y en abrazos. ¡Roixa mía! Vaquina del mío alma! ¡Nenina mía! Y la vaca m i r a b a á X u a n i n a con sus melancólicos ojazos, y su lengua áspera lamia el dorso de las manos del amita, como dándole gracias. Al anochecer, X u a n i n a y la Roixa regresaban á casa; la n e n a c a n t a b a u n a copla asturiana, y la vaca mugía plañís simamente cuando su guardadora interrumpía el canto p a r a decirla con todas las veras de su corazón: ¡Roixina mía! ¡Roixina mía! II Xuanin, el chico de la guardabarrera, al ver á X u a n i n a en el altozano próximo á 1 vía férrea, ritó sirviéndose de las manos como de una bocina: ¡Eh! X u a n i n a ¿venes á ohuar? -Estoy con la mía vaca. ¡Déixala, muller!