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GALERÍA DE TIPOS EL DISCÜTIDOR SEMPITERNO Aunque más bien debería llamarse el hablador, ó el contradictor, porque lo que él llama discusión es tan sólo por su parte un empedrado de palabras que únicamente sirven para atormentar los oídos y engendrar disputas que no siempre acaban pacíficamente. Cuenta la crónica madrileña que un famoso orador del Ateneo entró una noclie por el salón de sesiones á punto en que se discutía (y ya iba muy avanzada la discusión) una Memoria del secretario de la sección de Literatura, y sin enterarse del curso del debate exclamó con vehemencia: -Pido la p a l a b r a en contra. -No hay ya turno en contra, hubo, de contestarle el presidente. -Pues pido la palabra en pro. -Tampoco hay ya turno. -Pues para alusiones personales. -Nadie ha aludido á su señoría. -Entonces pido la palabra en cualquier concepto: para una cuestión orden ó como sea. El caso es que yo no me quedo sin palabra esta nocne. ¡Y habló! ¡Pues no había de hablar! Para reducirle al silencio hubiera sido preciso ponerle na mordaza. Por el mundo andan muchos tipos exactamente iguales al famoso orador del Ateneo. Con una giíáña diferencia: el orador de mi cuento era sabio, elocuentísimo y por todo extremo agradable, mientras que los habladores objeto de estas líneas son insoportables de todo punto. Entiéndase que no digo hablador en el sentido de que habla mucho. Quiero significar tan sólo que su oratoria especial carece de atractivo, y que no es oratoria en el sentido formal de la palabra. Así, pues, en lugar de orador, es hablador pura y simplemente. Como El sabio de café (trazado con antelación) el discutidor sempiterno afecta entender de todo, no para que le tengan por sabio, que en eso no estriba su vanidad, sino para contradecir todas las opiniones y armar una polémica á cada momento. En el café, en los círculos, en el teatro, en las reuniones particulares, en todas partes riñe empeñadas batallas con todo el mundo por las cosas más triviales y que menos le importan. Oye decir, por ejemplo, á un astrónomo que va á llover dentro de tres días, y en seguida se echa encima con la muletilla de siempre, exclamando: -Permítame usted; está usted equivocado, no puede llover lo menos en veinte días. Y de ahí arranca la discusión, que algunas veces es una riña de gallos. Porque el hablador, que carece de educación por completo, se altera, se exalta, vocea y discute siempre en formas groserisimas. Como las cuestiones políticas están al alcance de todas las fortunas, esas cuestiones son principalmente el caballo de batalla de mi tipo, sobre todo cuando se pretende actuar de profeta, profesión libre de la mayoría de los españoles. El tiene argumentos para todos los casos, y lo mismo puede venir la república dentro de ocho días, que no venir nunca; todo dependerá de la opinión que oiga formular en tal asunto. Y exactamente ocurre lo mismo respecto de las crisis ministeriales y de todos los sucesos del tinglado político.