Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
753 ¿Nos trasladarán á nosotras también? -Ind- udablemente, les dice Apolo desde arriba; y como estaciones que sois, debéis alargaros hacia A t o c h a á ver qué destino os da la Compañía de ferrocarriles del Mediodía. ¿Y tú, Apolo? -Yo cogeré u n tirso, un cayado ó u n caramillo, y me iré á pedir explicaciones á la Alcaldía. -Pues vete con el cayado, porque el caramillo y a te lo a r m a r á n allí. Más lejos, N e p t u n o se entera t a m b i é n de esa especie de juicio de desahucio á que está sometida su señora madre. obreoita! exclama; y dice que van á ponerle detrás u n grupo, no sé si escultórico ó subversivo. Ella sí que dejará el asiento delantero y se pondrá á la zaga en cuanto eche á andar la carroza, repitiendo aquel cant a r del pueblo: Llévame á la trasera para asi estar más cerca del carro, Jfedro, del bien que dejo. Neptuno, además, previendo que ha de correr la misma suerte que su progenitura, se ha comprado u n a salida de baño le ha puesto visera y cogotera á la corona, ha empuñado una fusta de las largas, y se h a echado á la espalda el tenedor por si lo envían á algún ministerio. Allá en la verja del Botánico, Daoiz y Velarde se disponen á la suprema despedida. Estréchanse la mano como preparándose á u n largo viaje, j se p r e g u n t a n ¿Adonde nos llevarán? ¿A la calle de Sevilla, centro hoy de Madrid más verdadero que la P u e r t a del Sol? P u e s p a r a sitio tal, ¡vive Dios que nos serían más útiles dos sables que estos clAsioos c ladium que colocó en n u e s t r a s manos derechas las del escultor! Murillo se esconde en u n a plazoleta solitaria á espaldas del Museo, y olvidado allí, quizá logre pasar inadvertido p a r a los concejales. P r u e b a de habilidad no r a r a en el ilustre artista; que, al fin y al cabo, no es de extrañar que tenga muchas conchas el autor de t a n t a s Concepciones. Y á propósito de Conchas. El marqués del Duero mira recelosamente á uno y otro lado de la Castellana, esperando el latigazo municipal que h a de pon e r en m a r c h a á su caballo. Isabel la Católica y sus acompañantes esperan la orden del Municipio en columna de viaje. Enfundada la cruz como en los días de Semana Santa, la reina lleva u n guardapolvos sobre su vestimenta de brocado. El G- ran Capitán y el Cardenal Mendoza conducen triunfalmente del diestro á la real hacanea, como si hubiera conseguido el premio allá detrás en las ú l t i m a s carreras de caballos. Felipe I I I calla y m- edita en la plaza Mayor. A u n q u e en su calidad de rey es inviolable, no deja de reconocer que si el Municipio, p a r a su serie de traslaciones, necesita carros de mudanzas, acabará por e n g a n c h a r á uno de éstos el magnífico erc iero -re que m o n t a el expulsador de ios moriscos. Mendizábal, como César, se cubre con su capa y espera el golpe. El autor de las desamortizaciones piensa que h a y algo peor que las manos muertas y son l s manos demasiado vivas. Espartero comienza á creer que le quitarán el caballo p a r a llevarlo á la Plaza de Toros, y le d o t a r á n de u n a bicicleta para que h a g a el viaje más á la moderna. L a estatua de la Comedia se pone su careta p a r a no ser conocida, y h a y quien cree que será trasladada á la delegación por adelantar los carnavales. Don Alvaro de Bazán mete á toda prisa en sus correas de viaje los trofeos de la morisma; el teniente Euiz se dispone á m a r c h a r con paso gimnástico; Felipe IV hace dar á su corcel el primer bote, y ostenta en la diestra el cartucho de la licencia que le h a n dado en el Municipio. La t u r b a m u l t a escultórica, es decir, los reyes de la plaza de Oriente y los del Eetiro, se miran y se comprenden. ¡Tiene narices! exclaman mirándose unos á otros sus rostros desnarigados. Y con su hatillo al hombro, se preparan, como el loro del cuento, á ir donde les lleven. H a s t a las bolas del puente de Segovia vacilan sobre sus soportes porque h a n oído decir en la prensa y en los cajones de consumos: ¡Euede la bola! El obelisco de la Castellana y el del Dos de Mayo adelgazan cada vez más, á fuerza de meditaciones. ¡Santo Dios! exclaman. ¿También á nosotros nos t o c a r á la mudanza? Y a pueden asegurar que sí. Es el único medio de que veamos la p u n t a á cuestión de los traslados escultóricos. (DIBOTOS DB CILLA) LUIS ROYO VILLANOVA J