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Á OCHO DÍAS VISTA Obra de romano nes. -Alrededor déla Clbelep. Preparativos de mudanza. -La Cibeles con piso. Voz de alarma entre las estatuas. leones del Congreso, encuartes de la Cibeles. -El descenso de Colón. -Apolo y las Cuatro Estactonea. Neptnno con fusta. La despedida de Daoiz y Velarde. -Murillo efcondldo. Avance del marqut s del Duero. -Itabel la Católica de via e. El percherón de la plaza Mayor. Mendtzábal, Espartero, Don Alvaro de Bazán y compañeros mártires. -Turbamulta escultórica. -lEuede la bola! Lo más puntiagudo de les tras ados. La obra de la Cibeles es casi do r o m a n o s porque es obra de Eomanones. Mientras á la fuente la han dejado en seco (sin duda para que se purgue como los caracoles) u n tenderete de mil demonios se alza en la plaza da Madrid sobre el sitio á que va á ser t r a s l a d a d o el clásico grupo. ¿Qué os esto? pregunta un t r a n s e ú n t e delante de la cerca, -El tablado. ¿No sabe usted que van á d a r garrote á la Cibeles? ¿Y qué ha hecho la diosa? -Serlo, ¡otra que diosa! Carpinteros y albañiles trabajan de c o n t i n u o á diez pasos de la carroza triunfal. Diríase que van á llevar allí u n edificio de nueva planta. Esta es la opinión de los chicos que v e n d e n papeles j u n t o al pabellón del ministerio de l a Guerra: -Pero, vamos á ver, ¿por qué nos q u i t a n de aquí 4 la Cibeles? ¡Toma! porijue le pone casa el A y u n t a m i e n t o Aquí hay evidente exageración, porque no se t r a t a do casa entera, sino de ponerla piso ünioamonte. L a diosa se elevará á más altura y con más orgullo que h a s t a aquí; podrá mirar de reojo el pinar de las de Gómez y, á mayor abundamiento, llevará á la zaga un grupo de geniecillos. Quizá se sustituyan por otras figuras, en vista de que no h a y muy buenos gonieoillos en el A y u n t a m i e n t o Sea de ello lo que quiera, el caso es que entre las estatuas corre t a n válido como entre los mortales el refrán aquel que dice: Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas á remojar. Y al saber la noticia dol traslado do la Cibeles, todas las estatuas de Madrid han temblado sobre sus pedestales respectivos, disponiéndose á arreglar los bártulos de viajo. ¡Cómo! so han dicho uno á otro los leones del Congreso, ensoberbecidos con esto do la r e a p e r t u r a de las Cortes. ¿Será verdad que á nuestros hermanos, los que arrastran la carroza de la Cibeles, les van á cruzar los lomos con el látigo municipal, obligándoles á apresurar el paso? ¡Ya lo creo! Y lo peor es que haciendo falta encuartes (porque el traslado se hace muy cuesta arriba h a b l a n de engancharnos á nosotros delante do los leones de piedra. -Poro, hombre, ¿y la inmunidad parlamentaria? ¡Fíate de la inmunidad y no coi- ras! Tras este corto diálogo, los dos leones del Congreso convinieron en largarse ol día menos pensado, m e t i e n d o sus bombas (único equipaje de tan gloriosas fieras) en sendas redecillas como las que llevan los n i ñ o s para guardar sus globos de cuero. Desde su elevado pináculo, el descubridor de América descubre también la b a r r a c a de la plaza de Madrid y adivina (aunque la ve de espaldas) las ansias y temores de la Cibeles. ¡Oh Dios! á trasladarse tocan, por lo visto, exclama D. Cristóbal; y midiendo con la vista la distancia que le separa del suelo, se dispono á desarrollar como cable de salvamento el calabrote que tiene á la diestra p a r a casos de apuro. Desde mitad del Prado, las Cuatro Estaciones se enteran también de los preparativos de viaje.