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DOS FAMILIAS OBRERAS hi uuo de esos breves descansos concedidos al obrero bilbaíno para reponer las fuerzas gastadas con el penoso trabajo de la fábrica y ante la boca encendida de los hornillos puestos al rojo blanco. -ba mayor parto de la población obrera ha salido del taller buscando el aire exterior, libre del humo y de la carbomüa; junto a los ciclópeos instrumentos del moderno trabajo no quedan más que dos obreros, enemigos del bullicio cnanto ansiosos de expansión íntima. Uno de ellos levanta con sus brazos al hijo por el cual se afana y esfuerza durante el día. La modesta esposa, la obrera incomparable, hija del pueblo, saca entre tanto el manjar tasado pero sabroso y bien aliñado del pobre, ünico rato de felicidad- para el obrero, pero rato que le desquita de todas las fatigas y aplanamientos del trabajo. La débil voz del niño, que empieza á balbucir los primeros nombres, contrasta con el rudogirar del volante, jamás paraio; al toque de la campana ó al silbido de la máquina de vapor se alzarán los manteles, quedando en el suelo, sembrado de redoblones y flejes rotos, las migas de pan que dejara caer el niño Máslejos, otro obrero come también, pero apártala vista del interesante grupo para no llorar ante la felieúlad ajena, bm humanos corazones que respondan al latir del suyo, sin vastagos á quienes arrullar, ni amante esposa con? í f f T P t í rostro el obrero, sin embargo, tiene también familia y cuenta con ai: eotos para la hora de la comida y del descanso. El perro, fidelísimo, no se aparta jamás de él: durante el tra bajo sigue los pasos fatigados de su dueño o descansa en un rincón, cuidando la níerienda y echado sobre las herra mientas; a la hora de comer sale brincando a buscar á su amo, entabla mudos diálogos con él y es un oompaiiero á Tal es el asunto de la interesante composición que, debida al pincel de nuestro inspirado colaborador Sr Cutanda, ofrecemos arriba á nuestros lectores, í. u.