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749 pidiendo á éste por la Virgen Santísima que fuese inmediatamente á ver al angelito y á curarlo y á ponerlo otra vez sonriente y alegre y colorado; pero el insensible doctor, pensando tal vez en los diez reales anuales q ue, á costa de grandes sacrificios, la mujer le daba, demoró hasta el día siguiente su visita, y cuando se presentó en la pobre casa, ya el niño tenía la carita amarillenta, los labios morados y los ojitos vidriosos y muertos. E n t o n c e s surgió, como si fuera aparición diabólica, la figura innoble de Simón el enterrador. ¡Qué! ¿Vienes á llevarte á mi hijo? ¡No, nunca, nunca me lo llevarás! ¡iSro, hijo, no te lleva, no te lleva Simón! Y arrojándose sobre el cadáver del niño, la infeliz madre lo abrazaba convulsivamente como si temiera que aquel impío se lo arrebatara do entro las uñas. Y llegó la noche. jQvié triste noche! La madre, sola, helándose los labios al contacto de aquellas carneeitas muertas, creía sentir á cada momento los pasos do Simón, que como u n buitre carnicero olfateaba el cuerpo del chiquillo. Presa de horribles imaginaciones pasó cuatro horas, sin que alma viviente se apiadara de aquel dolor espantable; y cuando en el reloj de la iglesia sonaron las doce y ya por las calles de la aldea no se oían pasos de personas, Natalia, como fortalecida por un poder superior, cogió el cadáver del niño, lo estrechó contra el amantlsimo corazón, se arrebujó en u n paiiuelo y salió al campo. La noche era obscurísima. Silbaba el viento con silbo descomunal y temeroso, y los árboles de la carretera, cual si se quejasen de aquellas sacudidas, susurraban también con tristísimos y vagos acentos. N a t a l i a tomó u n oaminillo todo lleno de cruces y de ai bolillos negros y puntiagudos, y llegó á la puerta del camposanto. Después de dar cien vueltas sin encontrar u n agujero por donde poder meterse, se decidió á hacer u n esfuerzo, y saltando la desmoronada tapia, hallóse dentro del fúnebre recinto; la hierba virgen, llegándole casi á la cintura, la impedía caminar por aquellas tristes frondosidades. Eecorrió mil veces el huerteeillo, hasta que dio con el hoyo, aquel hoyo que Simón el enterrador tenía siempre abierto para el primer cristiano que cayese. N a t a l i a se arrodilló; estampó un beso de madre en los labios marchitos y helados del ángel, y con amorosa suavidad depositó el cuerpecito en la tumba. Luego, frenéticamente, ensangrentándose las manos y rompiéndose las uñas, comenzó á arrojar sobre él la tierra amontonada á un lado, hasta que la fosa quedó colmada de nuevo. Entonces, de rodillas sobro el montículo, con los labios puestos en la tierra, la desolada madre, como si estuviese al lado de la cuna infantil, decía eufónicamente: ¡Duerme, hijo, duermo, que y a no te lleva Simón! Ai. vABO L. N U N E Z (DIBUJOS DE MÉNDEZ BR 1 N 0 A) TEES CUENTOS VIEJOS i ií -Buen hombre, ¿quiere ust e d decirme si voy bien para la P u e r t a dol Sol? ¡Ya lo creo que va bien! Y a ve usted: yo vengo de allí, y misto cómo voy. ¿Saliste fuera de Madriz este verano? ¡Toma! ¡ya lo creo! ¿Y dónde estuviste? -En Ceuta. -Yo me daba por contento con veinte mil reales. -Pues yo, con dos cuartos. ¿pon dos cuartos? -SI; u n cuarto p a r a vivir en él, y el otro para alquilarle.