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EL ENTIERRO Trabajando penosamente en labores agrícolas y doméstioas la pobre Natalia, la viuda de Miguel Almagro, ganaba ol negro pan con que sostener su vida y la do su chiquillo. Y aunque frecuentemente ora rocLuerida do amores por hombres ricos que estaban prendados de aquella peregrina hermosura, TÑTatalia vivía con ol mayor recato, y entre la gente de la aldea (de suyo mal pensada y murmuradora) nadie jamás pudo decir la cosa más liviana que menoscabase ol honor de aquella dosventurada muj er. Vivía en un cuartucho pobrísimo, sin más ajuar que el derrumbado catre do tijera y la mesa paticoja, la silla innoble, los tristes cacharrillos en donde guisaba el misero condumio, y una estampa de la Virgen del Carmen pegada con pan mascado á la pared; la cual imagen, por su rostro sonriente- y beatífico, era la única ¡nota alegre de aquella humildísima covacha. La vida de Natalia era santa y fructífera, vida de abeja oficiosa que dulcemente, sin ruido ni aspaviento, hace la miel y la destila para alimentar á su progenie: acudía á las casas con el chiquillo á cuestas, y pasaba todo el día de Dios entregada á los quehaceres que le proporcionaban el pan cotidiano; y luego, á la caída de la tarde, se recogía muy ufana en su pobre albergue, dándose ol incomparable placer de acariciar á su hijo, y contarle cuentos, y enseñarle á rezar, y estrujarlo contra el corazón cuando con longüecilla torpe y estropajosa decía á su madre palabras de infantil cariño. Pero esta vida honestísima era de continuo perturbada por los impuros deseos de Simón el enterrador, hombre de mala ley y de foa y áspera catadura, que ni á sol ni á sombra dejaba á la recatada hembra, ganoso de salir triunfante con sus perversas intenciones; aquel empecatado intentaba vencer la fortaleza de Natalia con todos los pertrechos y artes de un consumado seductor; pero ni sus ruegos, ni sus presentes, ni sus amenazas consiguieron abatir la constancia do la buena mujer, la cual permaneció enhiesta como la roca, quo ni con las suaves caricias de las olas se ablanda, ni con el bravio empujo de la tempestad se estremece. Natalia no necesitaba amores humanos y groseros para ser feliz: vivía contenta y resignada oon su fortuna