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742 ¡Aparta, a p a r t a esa inmundicia! dijo éste retrooelo atribuyo al condimento y al hambre rabiosa que aiendo. me domina. -La necesidad se impone á veces come, y luego- -Considera que estamos extraviados y no tienes purifícate. elección en los manjares, repuso Simeón: come y- -Antes que la necesidad está el deber callaré. Jlíl. 3 -Entonces, permíteme que peque en tu presencia. ¿Cómo es posible, decía Zabulón mientras su compañero partía con el puñal, y comía con deleite, las lonjas magras y aromáticas, cómo es posible que nayas preferido traer ese manjar prohibido y repugnante, en vez de u n fiambre de vaca, u n a gallina asada ó u n a empanada de cabrito? ¿Cómo prefieres la cocina infame de los cristianos á la nuestra? ¿No t e b a s t a n las perdices, las tortillas suculentas, que t a n t a mezcla permiten de manjares sabrosos y pescados suculentos? Quien come j a m ó n es capaz de comer liebre, conejo, lobos, cuervos, sapos, reptiles y sangre do animales. -Créeme, el cerdo es bueno, replicó Simeón, cada vez más satisfecho. T el j a m ó n con vino dulce es preferible á la langosta que permite n u e s t r a ley. ¡Simeón! estás blasfemando. -Pruébalo y juzga. Y presentó u n a lonja de jamón al hambriento y virtuoso rabino, que olió la magra sin tocarla por no contaminarse. Z a b u l ó n sintió que la boca se le llenaba de agua, en vt -z del asco que creyó experimentar. -Confieso que el olor no es malo, dijo suspirando: (DIBUJOS DE HUBKTAS) Zabulón estaba vacilante, y su boca se abría de vez en cuando; aún resistió quince m i n u t o s -La necesidad se impone, dijo por fin, acercándose á su amigo: dame ya, que no puedo resistir. Y contrariado y hambriento, ansioso y pesaroso á la vez, tomó el manjar prohibido, y al saborearle con curiosidad, lanzó u n grito do sorpresa. ¿Es bueno el j a m ó n en dulce? -No hay en el mundo fiambre que le iguale. ¿Crees que eso puedo ser manjar inmundo? -Calla y dame más. Cuando comió dos buenos trozos de aquella carne maldita, Zabulón se detuvo y dijo: -No más: seria gula; lástima que esto no se pueda comer sin cargo de conciencia: pero ésta antes que todo. Poco después cesaba la tormenta, y volvieron á tom a r las muías; Zabulón callaba é iba muy pensativo; así anduvieron como u n a legua, hasta que el rabino dijo á Simeón, refrenando la muía: -Dame otro trozo de j a m ó n ¿Y la conciencia? -Ya la he tranquilizado; desde este instante dejo de ser judío: me he convertido al cristianismo. JOSÉ F E K N Á N D E Z B E E M Ó N