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732 pero nunca pasa de la promesa ó de la amenaza. En los corredores, en el restaurant, en el vestíbulo, en todas partes, menos en el salón de sesiones, pronuncia vehementísimos discursos, interpela á los ministros, habla á los noticieros, cuenta á los periodistas lo que se propone hacer y á eso se reducen sus servicios. Allí, el padre de la patri: i, ingerto en Tenorio, que indolentemente recostado en su asiento, adoptando actitudes seductoras previamente ensayadas, y con las cuales es indudable que se considera irresistible, lanza miradas asesinas al mujerío de ias tribunas. Allá, el que predica en desierto; un orador que recita de memoria un discursito que para ese trance le ha compuesto un su compañero de hospedaje, discurso que dice de coro el diputado con el único fin de que sus parciales de Villatobas de Abajo se enteren de que él sabe hablar y para que rabien de celos sus envidiosos. Para realizar tan trascendentales propósitos, el orador busca después á los chicos de la prendía y les da sendas pruebas, ya corregidas y leídas, de su oración parlamentaria, que á prevencióa lleva on el bolsillo, y les dice sonriendo amablemente: Ahí tienen ustedes mi pobre trabajo, por t. i quieren decir algo sobre él en BUS periódica s; no me traten ustedes con excesiva severidad: soy primerizo. Y acullá pe sienta el orador trágico, ó de alto coturno, que para pedir, es un suponer, que concedan á sus eleclores algunos ramales de vía estrecha, ahueca la voz, usa frases dramáticas y actitudes olímpicas, amenaza con el dedo al banco azul, donde no hay Eadie, y eleva los brazos y los ojos al cielo, donde seguramente no le harán caso. Otros hay (y timbién son muy conocidos porque siempre están, rodeados de curiosos) que pasan el tiempo diciendo chistes y contando chascarrillos en el salón de conferencias. Siéntanse allí en uno de los escaños próximos á una chimenea. Poco á poco van acudiendo al mismo sitio los contertulios del ingenioso decidor, y cuando la concurrencia es bastante, comienzan las frases epigramáticas, los cuentecillos alegres, las frases ambiguas y las reticencias intencionadas. Así, tan agradablemente entretenidos, dejan Y no vayan ustedes á figurarse que terminan aquí los tipos de Padres de la Patria. (Oh! Faltan muchos, muchos, muchísimos tantos fallan, que no ya en las columnas de BLANCO Y NEGRO, ni en todas las de un Dic- cioEario Enciclopédico podrían conteneise. 7 Los citados son, por decirlo asi, li s Í nodinos, los inofenaquellos parlres de la patri i que deslicen dulces las hora? sivos, los que ni pinchan ni cortan; los que si no sirven al país, tampoco le desirven; pero hsy otros, y no son ni los y llegada la de comer, abind man el salón, no sin pregunmenos t n número ni los más torces, que hacen algo bastar antes á cualquier periodista lo que ha ocurrido en la tante peor que eso; bien es verdad que á éstos no es común pista (como suelen decir ellos mismos por donaire) y salen hallarlos en el Congreso, sino en las antesalas de los midel Corgreso muy convencidcs de que han estado sirvii nnistros y tente, pluma, y quédese esto así, y siga su do á la patria... á Í- U mamra. curso la procesión, que no quiero chismes en la vecindad. Pero todavía son más curiosos y más dígaos de estudio los ejemplares que podemcs hallar si penetramos en el salón de sesiones. (DIBUJOS DK M E C A C H I S) A. S Á N C H E Z T E R E Z 1