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LOS PADRES DE LA PATRIA Ua escritor muy ingenioso y nrny amigo mío, D. José Fárnández Bremón, escribió hace ya muchos años nn cantar que principiaba así: Cada cual siente á su modo las desventuras de amor, y que no recuerdo cómo concluía; ni hace falta, porque en el comienzo está el qiiid de lo que deseaba yo traer á cuento, que no es sino la analogía de que también cada padre de la patria sirve á su modo á la hija común. Para convencerse de esto basta y aun sobra penetrar en el santuario de las leyes, vulgo Palacio del Congreso, y dar un par de vueltas, ¿qué digo un par? con medio par, y hasta coa media vuelta (á la izquierda ó á la derecha) hay más que suficiente. Diputados hay que sirven al país convirtiéndose, desde el momento mismo en que juran el cargo, en agentes de negocios de sus electoree, y de los amigos, parientes y testamentarios de BUS electores. El diputado agente de negocios no puede ser confundido con ningún otro. Desde muy temprano, una hora antee, por lo menos, de empezar la sesión, llega al Congreso, entra en uno de los escritorios 3 toma posesión de uno de los dos veladores aislados que hay á los lados de la chimenea. Una vez instalado allí, comienza á sacar papeles y cartas, volantes y tarjetas, documentos de todas clases, ya de una cartera enorme que parsimoniosamente coloca encima del velador, ya de los bolsillos de la levita; bolsillos que, más que bolsillos, parecen muestrarios de comisionista. Eepasa después, muy gravemente y una por una, todas res que recorren pasillos y escritorios alborotando la casa, y por el timbre eléctrico presidencial, que no cesa en su tiin, tiiin, hasta que la votación ha terminado. El diputado agente de negocios, tanto por complacer al amigo que le ruega, pues ese diputado es de suyo complaciente y amable, cuanto porque, aun no siéndolo, se vería imposibilitado de seguir escribiendo entre el ruido infernal de t i n t a s campanillas, recoge apresuradamente los papeles esparcidos, forma con ellos varios paquetes para saber luego en qué punto de su trabajo estaba, y después de preguntar á su interruptor: ¿Qué se vota, si ó noTT) y de oir el no ó el si que su amigo le contesta, llega al salón, se coloca en sitio muy visible, y sin tomar asiento siquiera, dice lo que le han dicho que diga, y torna al hogar paterno de su bufete á proseguir la correspondencia epistolar hasta que surge otra votación de las nominales. i No es menos curioso el que podríamos llamar orador de pfisillo. í Allí está, allí, perorando siempre y siempre manoteanio, aquellas cartas; las ordena no sé yo, ni sabe nadie más que él, si por orden de fechas ó por razón de importancia; y ya realizado ese trabajo, llama al hujier, pide cuadernillos de papel de cartas y sobres y da principio á la tarea de escribir. Tarea en que no cesa hasta que la sesión ha terminado. Algunas veces, muy pocas, suspende esa labor cotidiana porque un amigo del Gobierno, si el diputado es ministerial, ó un adversario del Gabinete si el diputado es de oposición, se llega á él, le da dos palmaditas cariñosas en la espalda y le dice: Ba; deje usted ahora eso; hacen falta votos. Casi siempre, con ese aviso amistoso coincide el espantoso é insoportable campanilleo producido por los hujie- dpnde quiera que se reúnen cuatro diputados ó media docena de periodistas. Todo lo discute, á todo pone reparos, sobre todo tiene algo que decir, y aun promete que dirá;