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EL MUNDO ESCÉNICO Es más quG u n mundo; es todo u n sistema planetario, con sus astros do la escena, sus estrellas del arte, sus cometas fugitivos, sus osas mayores y menores; visible todo, lo mismo que en ese cielo nzid f e lodox vemos, de noche únicamente; es decir, á la liora de la función. Y, apurando este símil do tejas arrriba: con la misma facilidad que trozos de u n astro forman á su vez astros nuevos que siguen rodando por ese éter de Dios, asi de las grandes compañías se desprenden con notoria facilidad trozos artísticos que forman rancho aparte y siguen rodando y rodando, componiendo entre todos el complicado sistema planetario que llena d u r a n t e el invierno los escenarios de Madrid y provincias Pero n o es cosa de convertir en doble teles. copio los modestos gemelos de t e a t r o Ni he de ser yo quien ejerza de iietil Fkimmarlon explicando al respetable público todo el ciclo evolutivo de las estrellas del arte desde el punto y hora en que se separaron de la nebulosa. Y claro es que la nebulosa t e a t r a l n o es otra cosa que la acera del Inglés en la calle de Sevilla. Bajaré de mi b u r r o astronómico, no sin. sent a r el siguiente teorema: L a vida escénica y ol equilibrio de los astros se sostienen yov la misma sabia ley de la atracción universal. En efecto; la atracción del t e a t r o es grande como h a y a otra. o sé qué tiene la vida de bastidores, me decía u n amigo: yo no l i g o de allí, y cuando cierran los teatros ando corrido y avergonzado j or esas calles, como los a- nivjn- ers cuando hay cierro de timbas. En cambio, los que no estamos hechos á pisar escotillones ni á mir a r por el agujero del telón, andamos cohibidos por aquel mnremHipi. Hm; t a n pronto nos apoyamos en el forillo, creyéndolo de cal y canto, como tropezamos en todas las puertas pintadas, sin d a r n u n c a con la practicable. IJOCO a n d a b a yo en u n a ocasión, do caja en caja. bajando hacia el proscenio ó subiendo hacia el foro como ñ e r a enjaulada, cuando u n amigo me echó al cuello ios brazos y me dijo: ¡Albricias, hombre! ¡Tú por aquí! Esto prueba que vas á escribir algo p a r a el t e a t r o -Te equivocas; acabo de convencerme de que no podría hacerlo. ¡Vaya u n a modestia! ¡Si h o y se hace u n a piececita con cuati- o chistes y unas narices largas! -Bueno, sí; pero y a me ves: hace media h o r a que ando perdido e n t r e largueros, telones y candilejas, sin acertar á salir ni saber cómo he podido entrar, ¿y quieres que haga entrar, salir, moverse con desembarazo y hablar con desenvoltura á mis personajes? Cada actor tiene su tertulia. Los abonados á ella, cuando pasan de tres, tienen que estar colgados en la percha ó metidos entre la pared y el espejo, porque no hay cosa más reducida que el cuarto de u n actor español. Y, sin embargo, allí se arreglan los grandes problemas del t e a t r o entre llamada y llamada del t r a s p u n t e y los golpes de crepé del peluquero, que al salir del cuarto parece que ha pegado con goma, no y a los bigotes del actor, sino á todos los concur r e n t e s entre si. Tan j u n t o s y apretados aparecen, vistos desde fuera. P o r las tablas del escenario pasea gente ducha en el oficio: cómicos viejos, autores de valía, empresarios de olfato singular, aficionados respetables y amigos de la empresa, que allí comen, duermen, beben, y h a s t a salen al campo bajando un forillo de bosque. Es indiscutible la autoridad de este complejísimo senado: á unos les han salido los dientes sn las bambalinas, como aquel que dice; otros, p o r el contr. ario, h a n perdido toda la dentadura por h a b e r recibido sobre el rostro u n rompimiento de salón árabe al presenciar u n ensayo general. T a n t o saber, t a n t a práctica, t a n t a vida de bastidores no garantizan, sin embargo, el pronóstico de telón adentro acerca de cualquiera obra puesta en ensayo. Tal comedia, ensayada por compromiso, alcanzó u n éxito asombroso; t a l otra, considerada como u n a maravilla, vino á tierra en medio de colosal estrépito. ¡Ah! ¡El público! ¿Quién es- capaz de anticiparse al público? Ni de conocerle siquiera; porque ya es sabido que no lo pudo conseguir la clarísima inteligencia de íígaro en aquel profundo y donosísimo artículo: Quién es el pú-