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Á OCHO DÍAS VISTA Madrid lloviendo, -La villa del congrio y del pino maritimo. -L, a tiranía del paraguas. -Por cuonta del oculista. -La eí- grima del paraguas. En la calle de SavUla. -La traslación do la Cibeles. -La calle de Serrano. Kl Ubre cultivo del arroz. -En los tranvías. -Teatros abiertos. -Repertorio do circunstancias. -üícrrina, Falstaff, Mar sin oHUas, ¡Agua val, lil amo pasado imr af ua. -A estreno por dia. -Lo qaa va A ser Madrlii. -A estrenar tocan Cuatro, seis, ocho días seguidos lloviendo sin p a r a r ¿Es Madrid aún la villa del oso ¡m- y del madroño, ó se ha trocado en la villa del congrio y del pino mai- itimo? Los paraguas h a n estado abiertos sin cesar mientras el cielo entero se cerraba contra nosotros; ya pululaban por la calle amenazando con sus puntas los ojos del transeúnte descuidado, y a descansaban en el! pasillo, metiendo dentro de casa el agua que recogieron fuera. ¡Funesta t i r a n í a la del paraguas! f o valdría más mojarse a l a b u e n a de Dios que soportar en días de lluvia esa molesta cúpula de seda, débil preservativo para el dueño y peligro constante p a r a todo mortal que t e n g a ojos en. la cara? ¡Paraguas á tres pesetas! ¡Paraguas do seda á tres pesetas! gritaban estos días en la P u e r t a del Sol. Y no se detenía nadie á comprar u n a mercancía cuya b a r a t u r a era signo de su inutilidad. P o r q u e somos así, n a t u r a l m e n t e maliciosos; queremos tragarnos la partida, a u n q u e resulte al fin que nos t r a g a m o s una rueda de molino. Sabida es la apuesta de aquel ocurrente que en la P u e r t a del Sol daba duros por napoleones. Nadie acudió al cambio, á pesar de que los duros eran no sólo pasables sino buenos de toda legitimidad. Algo así ocurrió con los paraguas invendibles. ¡A tres pesetas! ¿Qué diablos va á ser u n paraguas de tres pesetas? Un transeúnte se acercó, sin embargo: vio que la seda era buena, el varillaje metálico y el puño de ú l t i m a novedad. -Oye, chico, dijo al vendedor; ¿es que haces t ú con los paraguas lo que hacía el otro con las escobas? -Cá, no señor; es que el amo n o quiere g a n a n c i a ninguna; esto lo vendemos por cuenta del oculista de la esquina. ¡Ahora lo comprendo todo! exclamó el hombre apartando su rostro do u n paraguas amenazador que bajaba la calle á toda vela. Madrid lloviendo es más que insoportable. Son pocos los que conocen la esgrima del paraguas, menos aún los que procuran ver adonde pinchan; y para colmo de males, entre las casas y las farolas del alumbrado público, pocas voces puede pasar u n paraguas de medianas dimensiones. H a y que rendir el arma en honor Jel A y u n t a m i e n t o ó bajar al arroyo, que en estos días es propiamente tal. L a calle de Sevilla n o es t a n peligrosa como en el b u e n tiempo; la m a y o r p a r t e de los huéspedes de aquella vía están refugiados en los portales y no i n t e r c e p t a n el paso. Alguno se lanza al abordaje cuando h a y primo á la vista; mas p a r a estos casos está la esgrima del paraguas contra el sable. Allí, la E q u i t a t i v a parece la proa de u n navio recién encallado; se ve á lo lejos la torrecilla de Grobernación, como si fuera el semáforo de Madrid; allá abajo, Pornos simula u n café que acaba de hundirse por causa de las aguas. Yo no sé si en este t e m p o r a l de lluvias h a b r á influido algo el proyecto de traslación de la Cibeles. Ello es que apenas empezaron los trabajos preliminares en la plaza de Madrid, empezó t a m b i é n el diluvio. Quizá Neptuno, llamado en su socorro por la Cibeles, quiere evitar á todo t r a n c e la mudanza.