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697 do amigo del cafó pasó por la calle, y viéndome en el portal, entró á saludarme. ¡Calla! ¿Es aquí, me preguntó, donde tienes esos amores r o m á n t i c o s con u n a fotografía? Vi descomponerse sus facciones, temblar sus párpados, palidecer su rostro, y después de ver todo esto, esouclié el siguiente grito: ¡Mi mujer! -Sí, le respon (i aquí es. ¿Y qué tal? -Deliciosame te. Hemos tenido iinhijo. -Sí, ¿eh? Enséñamela; haz una presentación en regla. Espera, voy á descubrirme; ya está. ¿Cuál es t u esposa? ¡Ea, preséntame! -Esta, le dije señalando el r e t r a t o Y mi a m i g o desapareció, subiendo de tres en ti es las escaleras del fotógrafo. jAy Alsiguient e día, el i etrato de nuesha esposa habla desaparecido, r e e m p l a zándole el de un magistrado c o n su toga y su birrete. El pobretín del niño c o n t i n u a b a á su l a d o todo m e d r o s i l l o de verse t a n cerca de la Justicia, y sin saber qué hacer de aquellas manos pecadoras que, á decir verdad, podían haber caído en cualquiera otra posición más respetuosa p a r a la Magistratura. Pero es lo que decía el angelín mirando al leguleyo: ¡Yo no tengo la culpa! (DiRUJOS ñu M A R T Í N E Z ABADES) JOSÉ DE EOURE