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696 -A mi me a t r a e n los portales de los fotógrafos como el escenario de la vanidad h u m a n a Os acercáis al escaparate, miráis echamos u n a ojeada general. ¡Qué cosa t a n e x t r a ñ a todos los r e t r a t o s tienen la misma sonrisa! Es que el fotógrafo ha dicho á cada uno de sus clientes: ¡Sonríase usted! y todos se han sonreído de la misma manera. ¿Y por qiié? Pues m u y sencillo: porque todos h a n pensado: ¡Qué guapo voy á salir! y ¡caramba! la sonrisa de la estupidez human a n o tiene m á s que u n a forma: la que sale en los retratos. Pues á pesar de esto, en los portales de los fotógrafos hay mujeres m u y guapas; mejor dicho, las mujeres más guapas de cada pueblo están en los portales de los fotógrafos, y eso obedece á dos causas. Primera: n i n g u n a mujer que no esté m u y convencida de su hermosura se retrata; las de u n mediano ver tieiaen miedo á salir peor de lo que son, y las feas abominan el r e t r a t o U n fotógrafo es p a r a ellas u n envenenador público, u n falsario, u n parricida. Si las feas cogieran por su cuenta á Daguerre, le condenarían á una cámar a obscura á perpetuidad. No niego que alguna vez, y por ineludible compromiso, se r e t r a t e n las regulares y las feas; pero aquí viene la segunda causa. Un fotógrafo no expone n u n c a en su galería el r e t r a t o de una mujor fea, como u n comerciante de u l t r a m a r i n o s n o saca j a m á s á su mostrador u n j a m ó n averiado, aun cuando t e n g a lleno de j a m o n e s averiados el almacén. El fotógrafo, al fin, es el comerciante de l a vanidosa belleza h u m a n a y pone á la vista del público su mejor surtido. Eesumiendo: á mí me atraen los. portales de los fotógrafos, porque en ellos se e n c u e n t r a á todos los hombres t o n t o s y á todas las mujeres guapas de u n a población; y oreedme, n o h a y viaje más agradable n i m á s divertido que el viaje al país de los tontos y de las hermosas. mujer, quiero decir el r e t r a t o de la misiiia personilla, pero con tres años más y convertida en u n a arrogante y elegantísima joven. Se había r e t r a t a d o nuevamente con u n traje de baile discretamente descotado, y lo que se veía de su cuerpo dejaba adivinar curvas de infinita gracia y de inefable atracción. No pude resistir tales encantos, y á los dos meses me casé. ¿Pero la buscaste -No. -Entonces- -Me casé lo mismo que la había amado, á través de u n cristal. ¿Y n i siquiera sabes cómo se llama? -Lo ignoro en absoluto. ¿Quiénes fueron los testigos de tu boda? -Un caballero santiaguista que estaba á su lado y un señor de edad con cara de banquero, colocado tres puestos más allá, ambos en efigie. ¿Y vas á verla todos los días? -Todos. ¿Estás loco? -No lo sé. E n uno de los muchos que y o he hecho, encontré mi r e t r a t o esto es, conocí á m i novia. Imaginaos u n a muchacha de diecisiete años, con el aspecto humilde y respetuoso de la jovencilla que a c a b a de salir de la Pensión des demoiselles, y con los ojos llenos de dulces sueños, entornados, como sabiendo que los miraba u n hombre: el fotógrafo. El traje modesto, el peinado modesto, l a postura modesta, y u n hoyuelo aquí en la barbilla g r i t a n d o alegremente como u n ohicuelo revoltoso y sin respeto á t a n t a modestia: ¡Allá voy! En. fin, una criatura deliciosa. Me enamoré perdidamente de ella, y todas las tardes la visitaba, enta blándose entre nosotros el siguiente diálogo, con temas de OUendorff: ¿Tiene usted el p a r a g u a s de m i tío? -No, señor; ¡pero si usted supiera qué g a n a s me he pasado en el colegio de tener un novio como usted! Nuestras relaciones siguieron así tres años. Al tercero desapareció del escaparate del fotógrafo el ret r a t o de m i colegiala, pero vino á sustituirle el de mi ¡Pues yo si! dijo muy incomodado uno de mis amigos, que se h a b í a casado hacía u n año, g u a r d á n donos á todos el secreto p a r a no verse en el compromiso de presentarnos á su mujer. ¡Yo sé que estás loco, y loco de remate! ¿Cómo se puede querer á u n a mujer expuesta á la contemplación pública? ¿No se te ocurre que las mismas deducciones respecto á las curvas de su cuerpo h a b r á n hecho los demás? Querer á u n a mujer es g u a r d a r l a p a r a nuestro cariño en u n hogar cerrado, es recrearse en su belleza sabiendo que nos pertenece solamente á nosotros, es tener celos del aire que respira, de la luz que llega hasta sus ojos. ¡Pero quererla como tú, en el portal de un fotógrafo, de cara al público, en la mancebía de las miradas! ¡ÍJSO no puede ser! ¡Locura, disparato, degradación! Y pegó u n puñetazo en la mesa y se fué. Acobardado yo, le decía humildemente: ¡Caramba, hombre, u n o no tiene la culpa Pero no me debió oir. ¡Y por cierto que se fué sin pagar! Quince días después tuve u n a g r a n alegría visitando á mi mujer; nos había nacido u n chico. Allí estaba su retrato, al lado del de mi esposa. Una criaturita do unos seis meses ¡tanto tiempo sin saberlo yo! lo más robusta y alegre del mundo, Tenia cara de saber hablar, vamos, dos palabrejas dichas con lengua de trapo y abriendo m u c h o l a boca p a r a pronunciarlas mejor. Nuestro hijo estaba desnudo y francamente, sus manos podían haber caído en cualquiera otra posición; pero no ofendían n i aun colocadas asi. Contemplábale y o con encanto, cuando mi indigna-