Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON PEDRO DE MADRAZO ARODiANDO la Célebre frase de Voltaire, si D. Podro. do Madrazo no existiera, sería menester inventarlo. Siempre ha resultado- vicioso y expuesto á error el j u z g a r por las apariencias. A u n q u e el ilustre anciano se conserva todavía m u y erguido y derecho, l a extrema delgadez de su persona, r a y a n a en l a extenuación, y su cabellera de nieve, h a r í a n creer á cualc uiera q ue n o le conociese á fondo que era u n a vida terminada inclinándose hacia la t u m b a Nada más lejos de ello. Su ostensible debilidad encierra u n espíritu mejor templado que u n a daga toledana. Yo n o sé cuántos años t e n d r á el sabio escritor; debe de contar muchos, porque yo le recuerdo siempre igual, pero los lleva con idéntica gallardía que u n m u c h a c h o sus veinticinco abriles. P r u e b a al canto: D. Pedro de Madrazo es h o m b r e quo se levanta t e m p r a n o en t o d a época; á las siete en verano, y á las ocho en invierno, está y a en su despacho, pluma en ristre, hundido entre infolios j papeles y redactando algún informe de la Academia ó algún dictamen del Consejo; á la u n a suspende sus tareas m a t i n a l e s y se va invariablemente á su oficina dol Alto Cuerpo Consultivo, quiéralo ó no la lluvia ó el frío; al oscurecer regresa á su casa, y todavía de noche t r a b a j a tres ó cuatro h o a s ¿Pero es quo los sabios no comen? P o r lo que respecta á mi culto amigo, no, señor. Añejos padecimientos en el estómago mantiénenle de antiguo sujeto á u n régimen especial de alimentación: se sostiene de leche t a n sólo. Los placeres de l a mesa se h a l l a n vedados p a r a él, sin que la forzosa sobriedad le cause martirio alguno; al contrario, parece que hasta le regocija su inveterada abstinencia. ¡ISTo hay nadie que disponga de más tiempo que yo! díjomo u n a vez, hablando de lo poco quo les cunde á los restantes mortales. Y a usted ve; ¡ni siquiera tengo quo hacer digestiones! Es el despacho de D. Pedi o de Madrazo u n verdadero nido de bibliófilo: la estancia no peca, por cierto, de pequeña; todo u n costado hállase cubierto por u n a estantería corrida del piso al techo, a b a r r o t a d a de volúmenes; en el centro, u n a mesa que por su longitud recuerda las de los comedores de fonda, y que yo no sé de que forma, estilo ó madera será, porque desaparece bajo u n enorme hacinamiento de tomos, infolios y legajos; otra mesita, y otra, y otra, cargadas de pilas de libros; obr. is sobre las sillas, sobre los sillones, en el suelo. A n d a r por la habitación n o conociéndola á fondo, e n t r a ñ a el mismo peligro que abismarse sin guía en los países africanos inexplorados. Yo oreo que cuando el insigne escritor se retire á su cuarto á trabajar, su familia pasará sus apuros p a r a saber si so e n c u e n t r a ó no en casa el padre y jefe; de tal guisa se embosca entro papelotes. H a y que mirar, sin embargo, con simpatía semejante hacinamiento de libros. Todos osos doctísimos informes de la Academia de la Historia, nutridos de verdadera erudición, llenos do citas que llevan al pie el nombre de D. Pedro de Madrazo; todos esos artículos críticos de Bellas Artes esparcidos por ilustraciones y revistas, copiosos y a b u n d a n t e s de doctrina, quo ostentan su firma á la terminación de sus columnas, han salido de las barricadas de tomos de su despacho. El ilustre literato no es u n sabio de diccionario, poseedor de u n a ciencia prendida con alfileres y confiada sólo á la memoria; m u y al contrario, su labor intelectual, continua y persistente, su estudio tenaz, le han hecho imponerse á las legiones de volúmenes apilados en su c u a r t o de trabajo y dominarlos. El cerebro do D. Pedro puede decirse quo se halla diseminado por sus i n n u m e r a b l e s obras de consulta, que en cada u n a ha quedado u n poco de su masa encefálica como resultado de la diaria investigación, pero á su vez él se los ha metido título por título en la cabeza. H a y algo de identificación m u t u a Son unos amables c a m a r a d a s que destinados á vivir j u n t o s y adivinados y comprendidos reciprocamente, se llevan con la m a y o r fraternidad. Desde hace muchos años, i n t e r r u m p i d a su gestación á las veces por las exigencias de trabajos urgentes, p e r l a s mil demoras aparejadas á la vida oficial, viene p r e p a r a n d o D. Pedro de Madrazo lo que c o n s t i t u i r á la obra magna de su existencia, ó, por lo menos, en la quo quizás ha puesto sus más caras ilusiones y h a vertido su ciencia más diluida: es u n a m o n u m e n t a l Historia de la Arr uiteáura. Los materiales acumulados p a r a ello podrían foi mar por si solos una biblioteca y u n museo. De como resultará la empresa, no h a y que hablar; conocidas son la vastísima erudición, la suma de conocimientos de su autor, y al mismo tiempo la gallardía y la suavidad de su estilo, que recuerda por su tersura aquell. i rocía seda a n t i g u a de nuestros abuelos, j a desusada al presente y sustituida por las imitaciones do la industria moderna. Si no estoy equivocado, D. Pedro de Madrazo t e r m i n a r á pronto su g r a n obra, que de seguro ha de ser el glorioso remato do u n a existencia consagrada toda á engrandecer el nombro de su p a t r i a y el coronamiento de su legítima celebridad. P o r muerte do su hermano B Federico, el pintor de fama europea, quedó v a c a n t e el sillón directorial de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. D. Podro ha visto siempre y ve en la docta corporación su segundo hogar. Su nombro está escrito hace mucho tiempo en ese sillón. JUAN L U I S LEÓN