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654 -Diga usted, pregunté; estos sauces no serán llorones. ¿Por qué? -Porque si éstos lloran estando tan medrados, ¿qué liarán los de Castilla, que no levantan tres cuartas del suelo? Ni es la frondosidad del Parque su mayor encanto: puesta en una llanura, quizá resultaría pesada y mazorril toda aquella masa verde. Mas el terreno, artísticamente accidentado, os da en cada sitio un paisaje diferente, y el Parque es nuevo á cada paso, porque su estructura obedece al sabio precepto de la unidad en la variedad. Desde la parte baja, donde crecen los sauces y v asoman sus varillas los viveros, veis en lo alto el desfile de coches de la carretera; á otro lado, la soberbia rampa y el viaducto de entrada, casi oculto por los eucaliptus; desde el tioseo de la Montaña rusa veis serpen- tear el rio, remedando el pétreo serpenteo de la sierra, cuyas cimas parecen marchar una tras otra, como fantástica procesión de encapuchados. J Una calle central y un paseo de circunvalación forman las vías principales del Parque, cruzado por doquier de sendas y caminillos. Sencillos bancos pintados de verde ofrecen descanso al paseante; en último término, extenso campo de violetas de una eflorescencia verdaderamente ecuatorial seduce la vista desde muy lejos; cientos do gorriones cantan á la vez en la pajarera ¡La pajarera! No se trata de ninguna jaula, sino t li j ¿mL USA CALLE DEL PAKIÍUIS un grupo deiVondosos árboles á donde acostumbran á posarse, caído el sol, todos los pájaros de las cercanías, en tal y tan consioNc- able número, que sonando una palmada junto á los añosos troncos, sale á escapo la volandera multitud, dando unV. imbido como el de la piedra al salir de la honda y sembrando el cielo de agitadas manchas negras, como pavesas av ilgún incendio formidable.