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64! nos entornar los ojos á los del jSTorte; olivos, en fin, y más olivos, indicando la m a y o r riqueza de la provincia, desfilaban á nuestra vista en largas hileras, formados en col u m n a de honor, y cada pie do olivo paréela pisar una copa. ¡El vino y el aceite! fuentes de prosperidad andaluza. Los olivos, do un verde gris, retorcían horriblemente sus troncos como presas de una de esas enfermedades nerviosas que estudia la m o d e r n a patología: á su pie, los largos sarmientos rozaban su corteza, no sé si aplacando ó excitando la epilepsia de los árboles. Viñas y olivares formaban u n a escena macabra: los brotes de la vid, como largos dedos mefistofélicos, parecían sujetar á la fuerza c o n t r a la tierra ardiente y abrasada á toda aquella inmensidad de reprobos, cuyos troncos t o m a b a n actitudes y escorzos imposibles, y cuyas ramas so retorcían, metiéndose en la copa como las manos de u n desesperado que se arrancase los pelos de su cabezota. Tras Espeluy, Villanueva do la Reina, Andújar, Arjonilla, y en seguida la Meca de nuestra peregrinación: ¡Marmolejo! Montamos en u n coche, empezamos á subir levísima cuesta, y en diez minutos nos pusimos en la simpática villa, emplazada en u n a altura, y á pesar de esto, en u n terreno como la palma de la m a n o Al salir del pueblo n o h a j más remedio que bajar: bájase para ir á la estación, bájase p a r a ir á la fuente Pero este descenso merece capitulo aparte. EL PRIMER VASO y VAN DIEZ Dos kilómetros escasos separan el pueblo de las fuentes, distancia corta, sobre todo para los forzados ocios del bañista: mas el perfecto n a oso es indolente, y prefiere al sano ejercicio encerrarse en las j a r d i n e r a s que por m a ñ a n a y tarde t r a e n y llevan al forastero del pueblo á Fuente Agria y de F u e n t e Agria al pueblo. Es u n a romería original y alegre la que forman t a n t o y tanto vehículo corriendo por la c a r r e t e r a que va de Marmolejo á Villanueva de la Reina. El camino es precioso, por otra parte: al comienzo las calles de la villa, limpias, llanas y flamantes como otras haya; basto con decir que algunas vecinas acostumbran fregotear con j a b ó n las losas fronteras á sus casas; luego el poético calvario, cuyas cruces de hierro se elevan de trecho en trecho sobre blancos pilares; déjase á la derecha el viaducto que conduce al P a r q u e cuya regia hilera de eucaliptus parece que os saluda con el ramaje, de hoja larga y caída; más tarde la linda plazoleta que se abre fronte á la Administración, y por fin la corta y frondosa avenida por donde se va á la fuente. Y allá en el fondo, lo mismo desde el pueblo que desde la carretera, en el P a r q u e como en el río, distinguís el lomo obscuro do Sierra Morena entonando en todos los sitios el paisaje, llena de manchas blancas que son deliciosos caseríos, y de manchas negras que son grupos de brezos ó lentiscos, haciéndonos recordar con los perfumes serranos los perfames de la poética regional: Sierra Morena la bella, la de los duros peñascos, a t a l a y a de Castilla, del suelo andaluz amparo. Todo es animación y bullicio en la esbelta galería de hierro, que viene á ser algo Y VAN TREINTA jfih, v v sn f. K fl LA C O L A DE LA FUENTE AOKIA