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647 menos pronta su sepultura bajo una capa de bicarbonato de sodio del que traen disuelto las aguas del m a n a n t i a l andaluz. De h o y más, á la bebida mo dedico, y si otros evocan á su musa entre los vapores del alcohol, las humaredas del opio ó los arrobos del haschis, yo, entre sorbo y sorbo de agua bicarbonatada, aguardaré á que venga por el correo de Andalucía m i musa de vidrio, ancha de caderas, esbelta de cuello, tocada de precintos y alambres y cubierta la cabeza por u n bonetillo de porcelana, donde leo: Aguas de Marmolejo. Y hora es y a de escribir, puesta la mano sobre el corazón, lo que vimos allá, puesta la m a n o sobre el estómago. Tomamos el correo de Andalucía; sentados á espaldas de la máquina, veíamos desvanecerse poco á poco la n o t a luminosa que forma Madrid sobre el fondo obscuro de la noche; en el m a n c h ó n negro de la corte y villa surgían, se multiplicaban y apagábanse sucesivamente p u n t o s de luz como los que aparecen en u n papel recién abrasado; perdimos de vista los faroles rojos y verdes con que los discos de la estación protegían n u e s t r a marcha, los talleres, el m a t e r i a l móvil acumulado á u n a y otra banda de la vía; poco á poco cesaron todas las claridades exteriores, y quedamos á solas con n u e s t r a lamparilla, que allá en el tech- o parecía arder m u y á gusto: como que ardía sobro una balsa de aceite. Pasamos por Gretafe, por P i n t o y no diré que el tren corría como u n loco, porque si esto hubiera sido verdad, calculo yo que en Ciempozuelos le h u b i e r a n metido en el manicomio en vez de permitirle que siguiera su camino á la desesperada. E n t r a m o s en Aranjuez, que nos ofrecía, en vez de las fresas de otra época, sendos fiambres de color obscuro, como esos platos de cera, antiguo adorno do las casas; cruzamos u n trozo de la provincia de Toledo y entramos en plena Mancha, m o n ó t o n a y desierta; el plano obscuro de la tierra y el plano azul del cielo parecían chocar como platillos; en el límite del horizonte formaban ambos u n ángulo diedro, y la ilusión óptica nos hacia creer que eaminábam. os á orillas del mar. Diríase que la Naturaleza toda había huido en busca de reposo: árboles, caseríos, montañas, pedruscos, todo se había retirado á descansar; sólo so levantaban á nuestro paso, como asustados por el ruido del tren, los postes telegráficos, escuetos, elevadísimos, con sus granos negros en la pu. nta como los cirios pascuales I Alcázar! Un hombre armado hasta los dientes andaba dando gritos por el andén. ¿Qué era aquéllo? ¿Por v e n t u r a nos h a b í a n detenido á viva fuerza? No; era el clásico vendedor de navajas y puñales de Albacete, que pregonaba su mercancía; ancho cinturón como el que usan los serenos de Madrid cubría su cintura, mas no asomaban por él las guardas inofensivas do las llaves, sino las cachas siniestras de grandes navajones. Otra voz a r g e n t i n a é infantil a c o m p a ñ a b a al vozarrón del navajero como en u n dúo de tiple y bajo. ¡Navajas y puñales! g r i t a b a u n o Y contestaba el otro en cinco gritos, e n t r e c o r t a d a la voz por el temor á aquella compañía: ¡Tortas! ¡de Alcázar! ¡frasquitos! ¡de aguardiente! ¡con su vasito! Otra vez al tren y otra voz á cruzar la inacabable Mancha. La excitación de la vigilia reavivaba el recuerdo de Corvantes y del Quijote. El nombre de ArgamasUla, gritado por el mozo de tren, y la sil u e t a de los molinos de viento, que allá á lo lejos agitaban en rotación sus aspas, hicieron el recuerdo más plástico. A los méritos de nuestro gran novelista comprendimos que había que añadir otro: el mérito de colocar sus personajes sobro tierra t a n poco á propósito como aquélla j) ara el elemento descriptivo; verdadero alarde de artista sin igual, sólo comparable al de los grandes pintores, que hacen destacar sus figuras sobre el fondo más imposible é inadecuado. Hubiéramos querido ver dos jinetes, dos labriegos cualquiera montados á horcajadas en sendas muías, p a r a hacernos la ilusión de que habíamos visto al Ingenioso Hidalgo y á su escudero atravesar la Mancha; mas allí no había más Qía o S l i iisstra locomotora. Bufando estrepitosamente, echando lumbre por sus ojos de cristal, galopando por la llanura, parecía acometer enemigos supuestos; quizá las casetas de los pasos á nivel y los postes del telégrafo aparecían á su vista como poderosos gigantes ó despreciables malandrines y follones; ello es que el Quijote de hierro no cesaba de bufar y correr mient r a s allá, á la cola, el furgón de equipajes m u r m u r a b a y cabeceaba en las revueltas como el prosaico San f cho, forzado á seguir la carrera loca de su señor. Eindióme el sueño, y no me percató de que al fin salimos de los llanos de Ciudad Keal para pasar el dantesco boquete de Despeñaperros y e n t r a r en plena Andalucía. En el pecado llevé la p e n i t e n c i a pues entré en la tierra de María Santísima sin poder admirar la soberbia grandeza de aquel peristilo de la Botica, labrado por t i t a n e s en la primera estribación de Sierra Morena. Aquel fantástico Despeñaperros, con sus abismos á un lado de la vía y sus peñas y rocas elevándose en el otro; con sus Órganos altísimos que, en efecto, simulan el sistema de flautas del órgano de u n a catedral; con su Salto del Fraile á altura pavorosa, p r e p a r a n nuestro ánimo antes de entrar en tierras b a ñ a d a s por el Guadalquivir. Despeñaperros es la primera exageración andaluza. Baeza, J a v a l q u i n t o Menjíbar empezaba el paisaje jaénes. En el fondo la línea sinuosa de la sierra; arbustos achaparrados por el campo; colosales acacias en las estaciones, donde veíamos hombres y chicos cubierta invariablemente la cabeza con el sombrero ancho más ó menos flamante y tieso de ala; los pueblos, blanquísimos y como almidonados, parecían canastillas de ropa blanca recién sacadas del taller de aplanchado; el sol andaluz haciendo-