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626 -Pero ¿dónde h a s hallado esto? dijo l a pohre madre, t r a t a n d o en v a n o de consolar á su hija. ¿Dónde h a de ser? ¡Infame: ¡perjuro! E n el bolsillo de su levita. ¡Ah! ¡La curiosidad! ¡la maldita curiosidad! exclamó l a madre, acordándose de la muñeca fea. Querías á t u esposo, le amabas, eras feliz con él ¿no te bastaba con eso? ¿ó crees á la felicidad cosa t a n sólida que permita peligroso. registros? III Con decir q u e J u a n i t a tenía hijos, queda dicho que no dejó u n m o m e n t o de ser feliz. El cariño sigue, como los cuerpos, la ley de la gravedad: cuando v a hacia abajo, -es mucho más veloz, más fuerte y más decidido que cuando m a r c h a hacia arriba ó hacia los lados. El tiempo, por otra parte, había atenuado l a penosa impresión que aquel disgusto conyugal produjo en el corazón de la esposa y la profunda pena que poco después le causó la muerte de su madre Puso entonces entero todo su cariño en aquellos retoños de su alma: u n a n i ñ a preciosa de ocho años y u n v a r ó n de veinte, que á esa edad había dado á su madre muchas satisfacciones con sus triunfos en la Universidad, en la prensa v en el Ateneo. Al pasar de niña mimada á madre cariñosa, J u a n i t a fué ganando en felicidad, porque on m a t e r i a de amores es más grato ofrecer á raudales la savia del propio corazón q u e recibir los efluvios del corazón ajeno. P o n i e n d o en su m a t e r n a l cariño el alma y la vida, con ese olvido absoluto de la propia persona que sólo tiene el amor de madre, porque es el único amor sin egoísmo, veía crecer en gracias y en belleza á su hija y en robustez y talento á aquel hijo, verdadero Aquiles para Ja homérica lucha por la vida. U n a tarde, J u a n i t a la m a d r e enamorada de sus hijos, salió sollozando del cuarto de su primogénito. ¡Ah, m a d r e mía! exclamó al pensar que y a n o c o n t a b a con aquel caritativo regazo que había recogido todas sus lágrimas. Y sola, abandonada, sin acordarse, para buscar consuelo, del esposo ingrato n i del hijo más ingrato todavía, dióse á leer con los ojos nublados el borrador de u n a c a r t a que el j o v e n escribió á u n a vecinita, poniendo en la pluma dulzuras y entusiasmos que j a m á s había oído l a pobre madre, y hasta colocando sobre el cariño de ésta aquel otro cariño naciente, quijotesco, platónico, bobo como primer amor. Cegada por su pasión, j a m á s había pensado la madre que aquel hijo quisiera á otra mujer más, mucho más que á ella. Dióse á llorar silenciosamente, y como eco de su dolor, oyó otros gemidos que respondían á los suyos y vio otras lágrimas que venían á acrecentar las de ella. E r a su hija, que abriendo la puerta, surgió desconsolada llevando colgada de la m a n o u n a muñeca rota, lacia, estirada como u n guiñapo y arrastrando p o r el suelo, q u e iba regando con polvos de serrín. ¡Ah! exclamó J u a n i t a en u n suspiro. ¡La curiosidad! ¡la maldita curiosidad! Y abrazando á la pequeñuela, dejó caer la carta del hijo, que recibió, completamente a b i e r t í aquel chorro de serrín que huía de la muñeca destripada. (DIBOTOS DE MARTÍNEZ ABADES) LUIS ROYO V I L L A N O V A