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1 LA CURIOSIDAD J u a n i t a contaría apenas seis años. Su pelo negro, demasiado negro p a r a t a n poca edad, caía en fleco sobre su frente y en rizos sobre sus hombros, como cabellera de pajecillo; dos cejas cla; ras, formadas de menudo vello, casi invisibles como todas las cejas de los niños, se encorvaban sobre los ojazos grandes, m u y abiertos, con esa ansia de impresiones que refleja la fisonomía infantil; y la boca, fresca y encarnada como u n capullo, era t a n chica, que al entreabrirse resultaba más alta que ancha. Con la mitad de los juguetes de J u a n i t a hubieran sido felices todos los niños pobres del b a r r i o Inmensos bailones de cuero metidos en purpúreas redecillas; cajas de madera con servicio completo de comedor, de alcoba y de gabinete; pitos de cristal coloreados por dentro; muñecas de todas clases, formas y tamaños, desde la pequeñita que venden con su ajuar completo de novia, hasta la grandullona de cabezota inmensa, vestida t a n sólo con u n a estirada camisa de linón. Pero y a se sabe lo que son los niños. J u g a b a u n a tarde J u a n i t a con la mejor de sus muñecas, con aquella que era, de seguro, más grande que el hermanito pequeño á quien el médico había traído el mes antes de París, eu 8: i do vio á la chica de la portera j u g a n d o á su vez con u n a miserable muñeca de cartón que era u n a p u r a lástima. E l picaro deseo JL la novedad se apoderó de la niña, y llamando á gritos á la de abajo, no vaciló en cambiar su g r a n b. 6 bé, que era todo u n prodigio de mecánica, por aquella otra muñeca roñosa y sucia, sin forma n i movimiento algunos, y por cuyas desteñidas narices asomaba el color ceniciento del cartón b a r a t o -Mira, decía J u a n i t a á la doncella cuando ésta la reprendía por el cambalache; ésta es más gorda. Y efectivamente, el abotagado cuerpo y los b r a- zos como morcillas estaban atacados de serrín. No hubo medio de convencer á la chica. El j u g u e t e bastaba p a r a que fuese el preferido. La muñeca fea se sentaba á comer al lado de la niña, iba con ésta á paseo y hasta dormía en la misma cuna, hasta que por u n movimiento de J u a n i t a caía al suelo y daba en las baldosas con su moño hueco de cartón. U n a tarde, J u a n i t a se acercó á su mamá llorando á lágrima viva; llevaba colgada de la mano á la m u ñ e c a fea; pero y a no era u n a muñeog, robusta, sino u n a piltrafa larga y escurrida ijue dejaba en el suelo amarillo reguero de serrín. -Mira, mamá, ¿ves? se me h a m u e r t o ¿Que se te ha m u e r t o -Sí; mírala, y a n o tiene cuVi; po, y a n o l a puedo coger, porque se m e escurre; y a no tiene brazos n i nada. -Pero, boba, ¿qué has hecho CrMuella? -Quería v e r lo que tenía adentro. -Bien se te está por curiosa. Te gustaba la muñeca, ¿no es eso? P u e s y a era bastante. ¿Quién t e m a n d a b a meterte en interioridades? I í No sucedió con J u a n i t a lo que sucede con la m a y o r parte de las niñas guapas. Lejos de afearse al hacerse mujer, crecieron sus encantos y sus gracias; tuvo muchos adoradores, algutnos novios y u n hombre que se casó con ella. L a felicidad no huyó del hogar doméstico al extinguirse la l u n a líe miel; lejos de eso, parecía que el ángel del amor había batido con t a l denuedo sus alas sobre ambos esposos, que el continuo eieroicio las h a b í a hecho más grandes y más robustas. j