Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
19 var su vida, impidió qué nadie pensara en la defensa, ni m e a o s en la vengaiiüa do su compañero. P o r eso, cuando el Alcotán se levantó, se halló casi solo. E l escuadrón huía á todo galojie por la llanura. Lo raro es que el cliiouelo, en vez de reunirse á los suyos, hiciera lo mismo, aunque con rumbo contrario, empuñando siempre con ansia febril el águila. A los postreros destellos del crepúsculo, la iglesia del pue blo mostraba su torre como un faro. El chiquillo corrió hacia ella, sin reparar en más. Pero d e repente se detuvo. Una punzada aguda y pers i s t e n t e sobre el vacio le hizo llevar la mano al sitio dolorido. Cuando la retiró, estaba llena de sangre. ¡Un rasguño! pensó. Sin embargo, quiso continuar su marcha y no pudo. Y volviendo la espalda, no se ocupó más del glorioso incidente. Al llegar al pueblo se reanimó de tal modo el Alcotán, que no sólo abrió los ojos y hasta t r a t ó do incorporarse en la improvisada parihuela que le servía de camilla, sino que rompió á hablar con u n a locuacidad impropia de su estado. Es más: cuando, siguiendo sus instrucciones, se vio delante de la casa del herrero, todos sospechaban que aquello sería cosa ligera. Sin embargo, su rostro se demudó de pronto al oír dentro rasguear de guitai- ras y rumor de gente que baila. ¿Qué pasa ahí? preguntó á un chiqui á la puerta. ué ha do pasar? ¿No sabeti xna se ha casado la herra- Vio u n a piedra, y no le fué dado llegar á ella. Su se anublaron, las piernas se negaron á sostene cayó al suelo, siempre estrechando contra su pO (águila. IV Cuando unos rezagados de la partida del lacrto, que por casualidad tropezaron con él, le llevaron á presencia de su jefe, el chiquillo sólo con trabajo pudo explicar lo ocui rido. -Euerza es llevarle al pueblo, gruñó el guerrillero. L a herida parece grave, y es preciso que alguien le preste los auxilios que necesita. Y volviéndose al herido, le dijo con bondadosa concisión: -Pídeme u n a gracia. ¡El águila! contostó éste, haciendo un esfuerzo. El luerlo vaciló u n momento. -Suya es, dijo al fin. Todos dan valor á osas bagatelas, q u e para mi significan poco ó nada. Los juguetes son buenos para los chicos. v; El Alcotán quiso hablar, pero no tuvo tiempo. L a puerta acababa de abrirse, y en su penumbra, á la indecisa luz de u n candil, se distinguía la figura de Aguedilla, más hermosa que nunca. ¡Era para ti! fué todo lo que pudo decir el heroico tamborcillo de la partida del Tuerto de Valbrizosa. Y mientras arrojaba á los pies de la recién casada la refulgente águila francesa, un hilo de sangro salía de sus labios, abrasados por la fiebre. Su cabeza h a b í a vuelto á caer pesadamente sobre l a parihuela. Cuando los que le conducían se acercaron á él, y a era todo inútil. ¡Estaba muerto! AKGEL B. C H A V E S (DIBUJOS DE A L B E R X I)