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G 18 Cerca del pueblo contaba el Tuerto sorprender un no despreciable convoy de víveres que los franceses oonducian p a r a su aprovisionamiento, y después de u n a m a r c h a forzada, y aún algo más que forzada, á poco más de u n a legua de él consiguió el logro de sus deseos. Las fuerzas enemigas eran mucho más numerosas que lo que creía el valeroso caudillo; pero esto, lejos de intimidarle, reanimó á su gente, u n poco fatigada, y cuando el francés lo sospechaba menos, la p a r t i d a cayó sobre el convoy como n u b e de l a n g o s t a sobre el sembrado. Que se peleó recio, no hay para qué decirlo. N i los hombres del Tuerto eran damiselas á quienes se a r r u g a r a el corazón por sablazo de más ó de menos, ni los franceses estaban en ánimo de soltar u n a presa sin la cual se les presentaban días de hambre, p a r a ellos mucho más temible que todos los combates del mundo. Lo que debía h a b e r sido cosa breve, llevaba largas horas sin resolverse. L a proximidad á la noche hacía, sin embargo, necesario el desenlace. El Tuerto, comprendiéndolo asi, intentó u n nuevo esfuerzo, y esta vez la suerte le favoreció de tal modo, que la desbandada no tardó en iniciarse entre los gabachos. En esta última hora, sobre todo, hubo episodios verdaderamente homéricos. En la imposibilidad de referirlos todos, me fijaré en el que por más p e r t i n e n t e tengo á la n a r r a c i ó n que me he propuesto bosquejar. El Alcotán había tenido u n a suerte y u n a desgracia. La primera consistía en que varias balas, agujereándole el parche, le h a b í a n librado de la enojosa carga del t a m b o r L a segauda en que, á pesar de a b u n d a r más que otros días los muertos, sólo había podido apoderarse de u n sable que había soltado á sus pies u n dragón de l a guardia atravesado de u n balazo. r- x í Y aquella vez era cuando más Vi necesidad sentía de u n a r m a de flT ñ fuego. H a c í a u n a h o r a que sus ojos no se a p a r t a b a n del águila que por encima de todas las cabezas tremolaba u n mocetón de bigote rubio y de titánica estat u r a que, montado en u n caballo t blanco, ostentaba el sombrío uniforme de los h ú s a r e s de la Muerte. A p o d e r a r s e de aquel trofeo de que los r a y o s del sol poniente arrancaban chispas d e o r o y ofrecerle, todavía salpicado del polvo y de la sangre del combate, á Aguedilla, no era en él y a u n deseo, era u n a obsesión. ¿Cómo logró acercarse al h ú s a r? ¿Cómo consiguió t r a s p a s a r la muralla de carne que le separaba de él? ¿Quién sería capaz de decirlo? Lo único que se sabe es que, á fuerza de arrastrarse por entre las patas de los caballos, llegó hasta el que ¿0 J 0 m o n t a b a el bizarro p o r t a e s t a n d a r t e trepó á la g r u p a de u n salto más propio de u n gato montes que de persona h u m a n a y mientras aferra, ba con la mano izquierda el astil de la gloriosa enseña, sepultó hasta más de media hoja el sable en uno de los costados del húsar de la i t u e r t e que se desplomó como pesada masa, a r r a s t r a n d o en la caida al heroico chicuelo. L a suerte de éste fué haber aprovechado el momento de la desbandada. El egoísta deseo de cada cual de sal-