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EL ÁGUILA (EPISODIO DEL ANO 9) EETEHDEE Saber de qué vivía sería lo mismo que querer averiguar cómo se alimenta el pájaro que no tiene en el mundo más que dos alas para volar y u n b u e n instinto que le hace colgar su nido del árbol que da más sombra en verano y que conserva algunas hojas con qué abrigarse en invierno. P o r q u e bueno es que se sepa que A n t ó n Corrales, mejor dicho el Alcotán, que era el nombre con que, Dios sabe por qué, se le conocía en el pueblo, á pesar de n o c o n t a r todavía los catorce años, hacia más de cinco que, muertos sus padres, dejaba pasar su existencia gracias á u n verdadero milagro, sin tener asomo de techo que le cobijara, n i más arrimo que el de su industria, que no era poca, y el de la caridad de sus convecinos, que, sin ofender á nadie, no era mucha. P e r o eso sí, á falta de bienes y holguras, lo que tenia el chieuelo era u n corazón que no le cabía en el pecho y unos humos andantescos y aventureros que no se diría sino que, como al hidalgo manchego, le había barajado los cascos y secado el magín la desmedida lectura de las hazañas de Amadises, Esplandianes, Galaores, Caballeros de la Ardiente Espada y otros héroes de este jaez. Y no, y mil veces no. A puño cerrado podía j u r a r s e que de letras h u m a n a s y de divinas andaba el pobre más r a p a d o que de cabellera, que, por más señas, intrincado monte parecía donde ni por casualidad entró n u n c a importuno peine ni desconsiderada tijera. El único libro en que había leído, y esto de seguro sin darse fija cuenta de ello, era en los ojos negros y rasgados de Aguedilla, la hija del herrador, que aunque le llevaba lo menos media docena de años, era la moza más g a r r i d a y más cortejada en seis leguas á la redonda. Si alguien se hubiera tomado el trabajo de decir al Alcotán que p a r a salvar el alma es preciso ir, á lo menos por Pascua de flores, á contarle al cura lo mas íntimo de nuestros pensamientos, de iuro le hubiera costado trabajo lograr la absolución al confesar, que cien veces más respeto y adoración le inspiraba Aguedilla entre las fraguas y pujavantes del taller de su padre, que la mismísima Virgen del Zarzalejo, rodeada de las flores de trapo y de las velas rizadas con que la piedad nunca desmentida de las devotas r e c a r g a b a el churrigueresco retablo de la p a t r o n a del lugar. P e r o no había cuidado; esto no lo sabía n i él mismo. Lo que sí sabia era que todos los goces de la tierra eran juego de niños comparados con el placer de ofrecer al objeto de su platónico culto las primeras zarzamoras que asomaban por los setos, el nido de pintadillos ó de verderones, que por estar en la r a m a más dificultosa del árbol le había costado exponer cien veces la vida, y aun en las grandes solemnidades algún regalillo de m a y o r valía, adquirido con más audacia que sujeción á los preceptos de u n a escrupulosa conciencia. Pues ¿y cuando á algún mozo de su edad, y aún de algunos años más que él, se le escapaba alguna apreciación no del todo benévola respecto á las prendas físicas ó morales de la herradoreilla? ¡No era satisfacción la que sentía A n t ó n Corrales batanándole las costillas á coces y á puñadas! T ésta hubiera sido completa de haberle ocurrido obligar al captivo malandrín á ir á rendir pleitesía á las p l a n t a s de la señora de sus pensamientos, declarando á la faz del universo mundo ser ú n i c a en él la sin p a r belleza de aquella Dulcinea que no se percataba de los obsequios del Alcotán m á s que Aldonza Lorenzo de los del Caballero de la Triste Figura. II Cuando por los comedios de aquel año, que n o recuerdo si he dicho que era el de 1809, organizó el Tuerto de Valbrizosa aquella partida que n o había de t a r d a r mucho en ser el t e r r o r de los franceses que i n v a d í a n la comarca, A n t ó n vio abrirse ante sus ojos u n nuevo horizonte. El amor á la patria no e n t r a b a sino de u n modo imperfecto en su cerebro, más propenso á las extravagantes fantasías que no á los cálculos de u n sentimiento razonado; poro le entusiasmaba la idea de volver á su pueblo n a t a l cargado de armas y de trofeos, y creía la cosa más n a t u r a l del mundo que Aguedilla se pondría á bailar de júbilo cuando el vencedor paladín depusiera á sus pies docenas y docenas de cabezas de franceses, que él tenia por más fáciles de segar que las mieses de los campos. Gestarle, le costó mucho lograr puesto en las entonces no m u y numerosas huestes del luerto, que se reía de las pretensiones del chiquillo. Pero como al fin pobre porfiado saca mendrugo, consiguió meter la cabeza en la partida, si bien bajando no pocos escalones en la empinada escalera de sus sueños. En lugar de las altas misiones á que se creía llamado, todo lo que se le confió fué u n voluminoso y m a l templado t a m b o r en el que, si n u n c a llegó á hacer grandes primores, metía u n ruido de todos los diablos, que era lo principal. Sin embargo, bueno es consignar que siempre que había u n e n c u e n t r o en que el ruido de la fusilería hacía que no se e c h a r a n de menos los redobles del parche, el Alcotán, si la suerte le deparaba u n arma de fuego abandonada y u n a c a n a n a bien repleta de municiones, se desquitaba de su forzosa inacción disparando unos cuantos tiros, no t a n bien aprovechados como su fogosa fantasía le hacía sospechar. III Largos meses hacía que los azares de la g u e r r a le tenían alejado del lugar que, por ser m o r a d a de Aguedilla, tenía él por su HierosoUmán celeste, cuando estas mismas peripecias le volvieron á a c e r c a r á su t i e r r a prometida.