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610 Efectivamente; cuando interviene la fueraa mayor, ¡qué responsabilidad ni qué ocho ministros! De todos modos, para lo que hay que saber, más vale saberlo lo más tarde posible. Que es lo que decía el baturro á un su amigo, ciego de nacimiento: -Ni te pene, ¡que pa lo que hay que ver! Y de este modo, el que no se consuela es porque no quiere. Que habrá reformas en Telégrafos, es indudable; están anunciadas hace ya meses. El salto del tapón favorecerá mucho al personal. Me parece de perlas, y anticipo mi enhorabuena á los agraciados. Pero, vamos á ver: al material, ¿no podrían saltarle también alguna cosa? Las maniobras militares que actualmente se llevan á segundo cabo, no son las primeras maniobras de la estación. Tuvimos también maniobras electorales, en las que no tomó parte toda la fuerza, ni mucho menos, porque el cuerpo electoral ya va siendo viejo, y enemigo, por consiguiente, de traqueteos, viajes y barullos. ¿Usted votará? preguntaban á domicilio los candidatos, sus hijos y demás parientes y ejecutores electorales. -Hombre, j o ¡si me traen la urna á casa! -Eso no puede ser, D. Claudio; la ley está terminante. Vendremos á buscarle á usted en coche. -No, gracias; la última vez que fui á votar me quitaron el reloj, sin respeto ninguno á la ley del sufragio. -Bueno, ¿y qué? -Nada; que desde entonces sospecho de todos los interventores. Por unas ó por otras causas, el hecho es que el retraimiento electoral va aumentando en España de un modo alarmante. En las últimas elecciones provinciales no han votado más que los que tienen ese oficio, que, por tratarse del sufragio, bien podemos llamar oficio de difuntos Hubo individuo que se llegó siete ú ocho veces á la urna, no de mala fe, sino llevando representación legal de todos sus vecinos. ¿Usted votará? le dijeron en casa. -Sí, señor; como siempre. -Pues, hombre, ¡échese usted otro voto á mi salud! La mayoría de los electores han oído las alharacas de este y del otro candidato como quien oye llover candidaturas. Lejos de mi ánimo y ese miscastigada en otros países, mas es un hecho innegable en Espaíia, defender la indiferencia electoral, severamente mo castigo de los extranjeros prueba que en todas partes cuecen indiferencias. De lo que con justicia me lamento es de que las elecciones vayan perdiendo aqiiella animación y aquel jolgorio que eran nuestro mayor encanto en otros períodos electorales. Cada quisque ha emitido su voto, ó el de los demás, con religioso silencio; no ha habido una mala piotesta; se han repartido candidaturas donde otras veces se repartían garrotazos. Con decir que en toda España no se ha roto más que una urna, está dicho todo. Y eso que los nuevos aparatos electorales son de vidrio hermoso que está diciendo: ¡Eompedme! Pero ¡nada! El presidente, silencioso; los interventores, mudos; la urna, alzándose entre dos velas encendidas; el público, medroso, agolpándose á la puerta del colegio electoral Todo ha dado á las últimas elecciones un carácter tristón, melancólico y de mal agüero. Un señor que, ajeno á las elecciones, pasaba junto á uno de los fúnebres locales, preguntó quitándose el sombrero respetuosamente: ¿Qué es esto? ¿hay algún muerto? -No, señor; ya han votado todos. LUIS ROYO V I L L A N O V A (DIBUJOS OS CILLA)