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Á OCHO DÍAS VISTA El ramo débil. -Los telégrafos en otoño. -La caída de la hoja y la caída de los alambres. -No está la madera para hacer postes. Protestas, quejas y gritos. -La pizarra de la Central. -Si estuvieran abiertas las Cortes La fuerza maj or. -Las reformas del ramo. -Acerca del salto del tapón -Maniobras electorales. -Las últimas elecciones- -Betralmiento. Bl oflcio de difuntos. -EQ todas partes cuecen indiferencias. -La nota más triste de las últimas elecciones provinciales. La entrada del otoño se marca Siempre por una adorable perturbación en el ramo de Comunicaciones españolas. De nada sirve el hilo de nuestros días como me atrevo á llamar al hilo telegráfico. Mucho antes de que los rigores oto- nales se anuncien por la caída de la hoja, ya se han anunciado por la caída de los alambres. En vano la prensa, el comercio, el público todo, se queja del deplorable estado en que se encuentra, por las señas, el material telegráfico. ¡Ha red telegráfica! ¡Vaya por Dios! ¿Qué red es esa, que no aguanta la más pequeña mojadura? En vano se pide amplia renovación del material. íío está, por lo visto, la madera para hacer postes. En las altas esferas se hacen oídos do mercader á la infinidad de protestas, que han coincidido con los primeros temporales. ¡Dejadlos gritar! ¡dejadlos gritar! Son los caracoles, que salen después de la lluvia. Y, en efecto, desaparecerá la humedad, se templarán de nuevo las flojas cuerdas del guitarro telegráfico, y huirán como por arte de magia protestas y caracoles. Aquí ya es sabido que no nos acordamos de Santa Bárbara más que cuando truena, ni del mal servicio de Comunicaciones más que cuando llueve. ¿Cuál es la línea más corta entre dos puntos? preguntan ahora en los exámenes do Septiembre. -La línea recta, responde el chico. -Muy bien; ¿y la más larga? -Pues la línea telegráfica. Recibir los despachos con veinte y más horas de retraso ha sido lo más común en estos días. -Diga usted: este despacho, preguntamos al repartidor, ¿habrá venido por el correo, ó más bien facturado en doble pequeña? -ÍTo, señor; por el alambre. ¿Por el alambre? ¡Ah, vamos! habrá venido con balancín. La pizarra de Telégrafos era un desastre: El servicio se hace con mucho retraso con ésta, la otra y la provincia de más allá. Incomunicación absoluta con casi todas las restantes. Los despachos del extranjero hacen escala en tal estación. ¡Estamos aviados! dice el público, desfilando silenciosamente. Algún impaciente llega á última hora y pregunta en la puerta á los que salen: ¿Están francas las líneas? -K o; la que no puede estar más franca es la Central. ¡Ah! Si estuviesen ahora abiertas las Cortes, ¡cuántos paladines de la prensa, del comercio y del público, surgirían en los bancos de la oposición y pondrían al Gobierno como chupa de dómine! Ni faltarían tampoco diputados del ramo que defendieran con gran acopio de argumentos al maltratado Gabinete. ¡Lo que está pasando es una vergüenza! ¡Pero si no pasa nada! -Tiene razón S. S. no pasa nada: ni siquiera un telegrama de los urgentes. -Mas, aunque algo sucediera, yo repetiría aquí la frase de Ftlipe 11. ¿Sobre telégrafos? -iío, señor; sobre la Armada Invencible, cuya destrucción por los temporales supo el Rey, y exclamó con cristiana paciencia: ¡Sea todo por Dios! lío la envié á que luchase con las tempestades.