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NOVELAS RELÁMPAGOS LA VIAJERA ¡Aquí, aquí, mozo! ¿A ver? El saco de noche, la eestita, la maleta; me falta un l) tilto: u n a m a n t a ¡Esa es! Colóquelo usted todo en las redes, soljre el rincón de la derecha. Gracias; tome usted. Ko las merece. Pues, señor, he tenido suerte; este coche se halla en el centro del tren. No es conveniente ir ni á. la cola n i j u n t o á la máquina: son los peores sitios en caso de u n a catástrofe. Lo que me e x t r a ñ a es haher encontrado solo u n departamento t a n estratégico. Pero no, solo no; en ese rincón de la izquierda h a y u n plaid. ¡Si fuera u n a señora! No, se t r a t a de u n hombre. H a dejado el sombrero y el gahancillo en la red. Estará cenando en la fonda. ¡Jesús, qué pesadez! Y a me temía yo la p a r a d i t a de Palenoia. ¡Me encuentro molida! L a verdad es que c u a r e n t a días de navegación y meterse en el tren sin descansar, resulta u n poco duro. T a podían hacer escala en Santander los vapores de Eüipinas. Asi rodeo b a s t a n t e pero estaba ya h a r t a de buque. ¡Cómo se pasa el t i e m p o! Quince años v a n y a transcurridos desde que mi pobre marido, que en paz descanse, m a n d ó á la P e n í n s u l a á m i Luisa á educarse con sus tíos, que en vano piaban por u n hijo. H o y su h e r m a n a m u e r t a también, ella casada y a hace trece meses y hecha toda u n a esposa, y yo viuda en la flor de la edad. ¡Cuánto siento no haber podido asistir á la boda! E n fin, lo mismo da; el bautizo es en el otoño, y lo mejor es que no vuelvo á a p a r t a r m e de su lado. ¡Adiós, Manila, p a r a siempre! ¡A h! Aqui está mi compañero de viaje. Beso á usted la m a n o ¡Qué fino es y qué apuesto! ¡Y result a á primera vista m u y simpático! II- ¡Es verdaderamente hermosísima! ¡Qué delicadeza en la figura, qué candor en el continente, qué timidez en la mirada! ¡Aérea, vaporosa, ideal; u n a Psiquis de t r e i n t a y cinco años! ¡No es corto de genio, no, m i compañero! ¡Parece que va á tragarme con los ojos! ¡Nada, que yo me arranco á h a b l a r con ella! E n viaje n o h a y etiquetas n i convencionalismos. ¡Si e n c o n t r a r a u n pretextó! ¡Ah, si, magnifico! ¡Perdón, señora, no había reparado en que llevo la ventanilla abierta y la molestará el aire de la noche! ¡No, á mi no, de n i n g ú n modo! P o r mi no se prive usted de la contemplación del paisaje. Con el cristal corrido refleja la luz de la lámpara y no se ve bien el exterior. ¡Una voz de hada! ¡Deliciosa! ¡Andaluza ó criolla! Mil gracias. ¡Y puesto que es usted t a n amable! ¿No la deleita á usted el campo al resplandor. de la luna? -Muchísimo. -Sobre todo desde aquí, desde el vagón, ¡u n o s caminos que quizás no se h a n pisado nunca, unas casitas dormidas en las que no se ha puesto l a p l a n t a jamás! ¡Es lo soñado, l o desconocido! ¿A usted n o la encanta la dicha inusitada que surge de improviso á nuestro paso? ¡Qué ingenioso es y con qué profundidad siente este hombre! ¡Debe de tener u n g r a n corazón! ¡T qué intencionadamente ha dicho sus últimas palabras! ¡Ya lo creo! L a felicidad de lo inesperado es u n a doble felicidad. ¡Cuánto me alegro en coincidir en pensamiento con u n a mujer t a n hermosa y t a n distinguida! ¡Caballero! ¿He ofendido á usted? ¡Oh, no! P e r o es usted sobrado galante conmigo. III- ¡Reinosa! ¿Usted quiere que bajemos á t o m a r chocolate? -Con u n a condición, y no extrañe usted mi franqueza. -Usted dirá. -Que cada cual se pague lo suyo. ¡Nada, que no es esta mujer una conquista vulgar! ¿Y la galantería española, señora, nuestra galantería caballeresca? ¡Imposible! -Pues no acepto. Usted me h a r á el favor de que me lo traigan aquí. ¡No, no! Con t a l de acompañarla á usted, h a r é lo que usted mande. Sírvase aceptar m i m a n o p a r a bajar al andén. ¿A que no sabe usted lo que se me está ocurriendo? Es difícil. -Que nuestros compañeros de expedición nos van á t o m a r por marido y mujer. (A ver el efecto que la hace. rH v