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m ¿A destripar pepinos? preguntó asombrada la mujer de D. Cleto. -Sí, no te asustes. Sin esto no resultaría fantástico el baile. -Como no te expliques mejor- -Mi proyecto es alumbrar todas las habitaciones de la casa con pepinos huecos, que tendrán dentro cabos de vela. Creo que la iluminación no puede ser más fantástica. Ya sabes que yo hago admirablemente esta clase de farolitos. -Es verdad. Ahora recuerdo que el día de nuestra boda le regalaste á mi padre uno que llamó la atención de todos los concurrentes al acto. ¡Qué dibujos tenía tan caprichosos! ¿Te acuerdas? -Se me figura que lo estoy viendo. ¡A la luz de aquel vegetal transparente, me reiteraste tus juramentosl Qué poética estaba aquella escena! -Serapia, no delires, y ocupémonos de los preparativos para la fiesta. Las hijas de D. Cleto hicieron en pocos días muchos juegos de cadeneta de varios matices comerciales, y en seguida engalanaron caprichosamente la sala donde iba á celebrarse el baile. Don Ciato, que ya había destripado coa admirable destreza cincuenta pepinos de gran tamaño, dio por terminada la tarea el mismo día de su santo y salió á comprar las velas que pensaba colocar dentro de los faroles. Media hora después regresó á su domicilio, y al empezar á subir la escalera, oyó que su mujer decía gritando: ¡Ay, qué desgracia! ¡Ese chiquillo es el demonio! Subió D. Cleto precipitadamente, y le salió al encuentro su hija Pepita. ¡Papá! exclamó la joven; ¿no sabes lo que ha hecho el picaro niño? ¿Qué ha hecho? ¡Habla pronto! -Que mientras nosotras estábamos colocando los últimos escudos en el pasillo, se ha comido ocho faroles, y está muy malo. ¡Ocho pepinos! exclamó el padre, entrando horrorizado en su habitación. Aquella noche la portera de la casa decía á todas las personas que acudían á la fiesta de D. Cleto: -No se molesten ustedes en subir, porque el baile se ha susj) endido. -Pues ¿qué ocurre? preguntaban con extrañeza los invitados. -Que el niño menor tiene un cólico de faroles. MIGUEL MÉNDEZ ALVAREZ VENCIDOS Y VENCEDORES, POR FILIBERT