Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
60 Í niobrar, y si algo h a b r á que censurar en ellos, será el exceso de entusiasmo. No hubo que censurar nada; al c o n t r a rio, todo fué en el m a y o r orden y concierto. L a plaza estaba llena de bote en bote. E n vez de la lucha del hombre con las fieras, de los caballos destripados y de las desgracias que suele t r a e r consigo esta fiesta nacional t a n sangrienta y feroz, íbamos á ver á los hijos de todas aquellas madres felices que llenaban palcos, gradas y tendidos. Allí estaban todas, más emocionadas, mil veces más emocionadas que sus hijos del alma. ¡Qué gusto de verlos salir vestidos de miqueletes, con sus boinas coloradas y sus ponchos azules, el Maüser al hombro y braceando como los soldados de veras! El coronel es u n guapo mozo: se llama Ignacio Eoca, y es el hijo de u n militar español á quien debemos la cons- i Sí -jxm. r V GCIAEDIA DE P R E V E N C I Ó N Fotog. del Vizconde de Torre, Almiranta. trucción do los fuertes de San Marcos y de Gruadalupe que nos defienden la frontera. Su hijo va al frente del batallón, sobre una jaca negra, como diciendo: soy hijo de mi padre, que es cnanto se puede decir para sentir legítimo orgullo. Le siguG el comandante A n t o n i o Marti, simpático y marcial, sobre un caballito castaño. Estos dos son los que form a n la p l a n a mayor; son los jefes, elegidos entre todos por sus prendas y por ser de familias conocidas. El público los reconoce y los saluda: ¡Alli va el hijo de Sataillade! ¡Ese es el chico de Salazar! ¡Mira Arizmendi, y Arrul, y Usandizaga, y Otero! ¡Aquel soldadito t a n templado es el chico del Tefe de la Estación, de D. Ismael García! Aquellos dos son los hijos de Arrué y de Sagarúa ¡Qué emoción en el público! T el batallón va saliendo y marchando y m a n i o b r a n d o y algunas lágrimas de placer corren silenciosas por las mejillas de los padres. Entonces so aprecia mejor la idea de haber organizado este espectáculo que ennoblece á los muchachos y da satisfacción á los padres. La obra ha dado su resultado, y el público está contentísimo. Después de maniobrar, meriendan; luego c a n t a n y bailan aurrescu, ríen, se divierten, y no saben que nosotros todos nos divertimos aún más, y que algunos espectadores le piden á Dios en silencio que cuando sean grandes los soldaditos de ahora no t e n g a n que batirse con otros uniformes c o n t r a sus amigos y camaradas de ahora, en esas liorribles contiendas civiles que t a n t a sangre han costado en este mismo país, ora t a n alegre y t a n tranquilo La tarde, que ha sido espléndida, acaba con u n desfile que presencia todo el pueblo de San Sebastián. Da gozo ver á estos cuatrocientos niños, pertenecientes á familias t a n distintas y de t a n diferentes clases y condiciones, unidos, formando u n solo grupo, paseando u n a b a n d e r a que, con ser pequeña, es la misma bandera grande de las glorias de España. T a disuelto el batallón y rotas las filas, los que hace u n i n s t a n t e iban formados y con el fusil al hombro, pasean de la mano do las mamas, que los enseñan con orgullo y hacen visitas con ellos. A l g u n a piensa, a u n q u e no lo dice: Este que ahora es soldadito en broma, será u n día general, y ministro, y senador, y jefe de algún gobierno ¿Quién no ha soñado alguna vez con cosas así para sus hijos? La mujer le dice al marido en la mesa: ¡Este era el más guapo de todos! Y la viuda, á sus solas dice: ¡Si levantara la cabeza su padre, qué orgulloso estaría! L a ciudad, esta ciudad t a n amante de sus fueros y tradiciones y libertades, está orgullosa de tener, aunque sean chiquitos, cuatrocientos miqueletes más, porque la boina, esa boina, ya sea colorada ó azul, tiene algo de cosa propia que mantiene el espíritu regional; y los chicos, que se h a n visto aplaudidos y aclamados y héroes del día, v a n adquiriendo entusiasmos que hace falta inculcar en los hombres desde la edad más tierna; porque así, poco á poco, y