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PAX VOBIS Madrid es t a n insano, que más bien que ciudad es u n infierno. Vientos, nieves y llu vias en invierno, y u n calor espantoso en el v e r a n o ¡No hay modo de vivir! P a r a el que sea algo alegre de genio, p a r a el loco que en ciertas diversiones se recrea, ó suele vivir mal ó vive poco. No es modo de vivir irse á la cama cuando la blanca a u r o r a con roja luz el horizonte inflama; no es modo de vivir el levaiitarse cuando están encendiendo los faroles, y es preciso tener muchos bemoles y amorosa la tierra en sus tibios fulgores se envolvía, abandonaba el lecho presuroso para escalar alegre las colinas, y u n arroyo sabroso me b r i n d a b a sus aguas cristalinas. Luces el cielo, la pradera flores, su p r o t e c t o r a sombra los nogales, y la blanca azucena en los alcores brindaba sus perfumes virginales. ¡Santa Naturaleza! ¡Madre amada! Tú eres salud y vida y alegría; sin ti el placer es nada ó casi nada. Yo me sentí feliz, ¿á qué negarlo? olvidando el placer de las ciudades. p a r a en toda la noche no acostarse y asi pasar la vida sin cansarse. Y luego, ¿para qué? P u e s p a r a nada; se com. e poco y mal, se bebe mucho, resultando al final de la j ornada envejecido, débil y flacucho, respirando esta atmósfera viciada. Aburrido y hastiado de fondas, de cafés y de reuniones, de las eternas juergas del colmado y de u n a porción más de diversiones, aspirando á encontrar la p a n a c e a y respirar á solas, sin testigos, me despedí de todos los amigos. Fax Vohis, dije, y me marché á la aldea. II ¡Qué hermoso amanecer! Cuando b a t í a los verdinegros flancos de la sierra la b l a n c a luz del esplendente dia que cuesta más sufrirlo que gozarlo; mujeres, como varas de cohete, que ponen su decoro en el semblante, pintado de almiidón y colorete. ¡Qué diferencia, dije, entre esas necias y estas mozas sencillas, altas de pecho, de andadura recias y con flores de fuego por mejillas! ¡Qué acciones t a n cumplidas y cabales las de aquellos honrados labraaores, que son, por la humildad de sus modales, aún más bien que vecinos, servidores! III Y asi viví feliz u n a semana, siendo el niño mimado de aquella gente senoillota y llana; pero á los pocos días me enteré que la gente comenzaba á decir mil t o n t e r í a s