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ROSA Y MARÍA I A la llora perezosa de la siesta, cuando el resplandor del sol amortiguaba, lilanq ueándole, el límpido azul del cielo, y el campo amarillento abrasaba las plantas del viajero como una plancha de bronce caldeado, á la sombra de unos árboles copudos, y al lado de u n a fuente rústica, dos ióvenes aldeanas conversaban alegremente confiándose sus amores, recordando los detalles de la última fiesta del pueblo y prometiéndose nuevos triunfos para el baile del próximo día de fiesta. La mayor, que se llamaba Eosa y era fiija de u n acomodado labrador, no poseía la hermosura de las estatuas griegas ni de las vírgenes de Rafael, pero sus facciones fuertemente pronunciadas, sus negros ojos rasgados, que centelleaban como las nubes de u n a noche de tempestad, su cabellera de ébano, su tez morena, bajo la cual parecía l a t i r en vez de sangre la lava de los volcanes, y su boca, de quien hubiera dicho Byron, como de la de la gaditana, que era u n nido de besos prontos á volar, tenían para quien la miraba u n atractivo irresistible, la fascinación del abismo. En cambio la otra, que se llamaba María, y que era más pobre aún, si recordaba á los poetas que la veían el tipo sublime de aquella Beatriz que refleja su hermosura en las estrofas del D a n t e como u n lucero en las ondas de un torrente; si sus ojos de color de cielo, sus cabellos de oro, su tez de nieve, su talle, esbelto y flexible como el de la palma, enamoraban los sentidos, impqniéndoles al mismo tiempo respeto; si era una lira de oro que pulsada por el amor sólo podía exhalar un himno de pureza, y pulsada por la desgracia u n himno de abnegación, por su misma pureza atraía menos, por su misma perfección era menos seductora; que siempre (y esto indica cuánto nos falta por conocer del mundo moral) la dulzura de la bondad seduce menos, si bien seduce por más tiempo que la energía de la pasión. Ross estaba acabando de llenar su cántaro, y María, lleno y a el suyo, la esperaba. De improviso, ambas jóvenes sintieron ruido de pisadas; volvieron la cabeza y vieron á un anciano mendigo que cubierto de sudor y apoyado en u n báculo grosero, se acercaba á ellas y decía, dirigiéndose á Rosa: -Niña de los ojos negros, ¿quieres darme u n poco de agua de tu cantarillo?