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588 -Dios se lo conserve á ustedes. Pues, hija mía, yo no sé qué hacer con mis chicas. Las pobres, es claro, están de un humor, que si lo tuvieran en las piernas no podrían andar, porque demasiado conocen que la j u v e n t u d se pasa pronto, y temen quedarse sin colocación. Yo hago lo que puedo; el pasado invierno, siempre que ha hecho bueno, hemos ido á la parada de Palacio por los militares mayormente, porque los paisanos que van á la parada no nos parece que h a n de ser las mejores proporciones; pero los militares son otra cosa. Pero nada, algún piropo, alguna miradita c o n c i e r t a picardía, y pare usted de contar. A la Carrera de San J e r ó n i m o no hemos faltado u n a tarde, paseando arriba y abajo por la acera de Lhardy, y lo mismo: mucho piropeo, y nada en substancia. El chico de las de Marrajo, que saca piezas de svi cabeza y las echa donde puede, nos ha dado muchas noches billetes p a r a Apolo y Eslava y Eomea, y las chicas no h a n dejado de llamar la atención, pero no se ha presentado cosa formal Y no crea usted, que alo- unos se nos h a n acercado y nos h a n hablado, y como yo, gracias á Dios, tengo buen olfato, en seguida he olido sus intenciones y hemo. tenido que ponernos serias. Al P r a d o hemos ido todas las noches á veranear; á misa á las Calatravas todos los domingos; y con t a n t o pollo á la puerta, ¿querrá usted creer que no se ha dado el caso de que u n arrastrado de esos se venga detrás? ¿Son feas mis chicas? l í o señora, que las tres tienen unos ojos que h a b l a n solos, y unos cuerpos que se pueden poner donde se pongan otros Mire usted, n i n g u n a de las tres es tonta, ni torpe, ni desmanotada. Ellas saben las cuatro reglas. y más que haya, y la pequeña hasta sabe el francés; saben toda clase de labores, y si á mano viene, la mayor e n t r a en la cocina y le hace á usted unos guisos que parece qup la chica ha nacido j u n t o al fogón. -Unas- chicas que h a r í a n felices á tre. hombres de bien. -Y á más de tres, si enviudaban y se volvían á casar. Crea usted que los hombres no son ya como los que nosotras conocíamos en nuestro tiempo. No habia necesidad de que u n a tuviera mucho gancho p a r a casarse cuando u n a llegaba á la edad conveniente. A los dieciocho me casé yo. -Y yo á los quince; como que el día antes de casarme dejé de ir á la escuela, y el que iba á ser mi marido no tenía más que dieciséis, y todo el mundo se hacía cruces viéndonos, y estábamos monísimos los dos, yo vestida de blanco, que parecía u n a muñeca de casa de Seroop, y él, mi marido, con su frac y todo, que parecía u n diplomático de menor edad y me acuerdo que mi m a m á le cogió y se lo comió á besos. ¡Ay, doña Sandalia, usted no sabe qué penal dad es la de tener tres hijas sin colocar cuando no se tienen posibles; porq- si hubiera posibles sería otra cosa -Ya lo creo, y m u y po ible que se colocaran en ese caso. -Sí, señora; los hombres están m u y pervertidos, pervertidos desde pequeñitos, y n o tienen ya más pío que el dinero, y se casan por el dinero, y se pierden por el dinero, y por el dinero hacen todas las picardías que se quiera. -Y mire usted, doña Presentación, á las mujeres les sucede lo mismo. -Menos á mí, doña Sandalia, que si no fuera por la muchísima falta que me hace el dinero, ni siquiera me acordaría de semejante porquería Pero, dígame usted, ¿qué hago yo con estas chicas? Dios mío, ¿qué hago y o con estas chicas? ¡Ay, hija, usted no sabe lo que son tres hijas casaderas que no se casan! Mire usted, francamente, no las puedo sufrir, y veo que voy á tener que salir con ellas, pararnos en la P u e r t a del Sol, y decir yo á todo el que pase: Caballero, ¿podría usted hacerme la caridad de casarse con u n a de estas chicas? CARLOS F E O X T A U R A (DIBUJOS DE A I J B E R T I)