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¿QUÉ HAGO YO CON ESTAS E s t a pregunta hacia la otra tarde doña Presentación á su predilecta amiga doña Sandalia, la viuda de Cerrojillo, u n a- viuda que no tiene más obligaciones que su propia persona y dos perros ratoneros, porque la hija que Dios le dio y a la tiene colocada con u n mallorquín que ha puesto u n a tienda de salchichones y sobreasada, y lÍ va perfectamente, ganando lo que quiere. Y decía doña Presentación: ¡Ay, doña Sandalia, qué envidia le tengo á usted, que no tiene que pensar más que en darse buena yida! Así está íi zz, s i: v usted, que cada año parece usted más joven, mientras yo, en los ocho que llevo de viuda, se me ha pu sto el pelo gris y he perdido tres arrobas de carne; corno que no me sirve ningún corsé, y los pocos vestidos que tenía á la muerte de aquel hombre, Dios le h a y a perdonado, que no nos dejó una peseta, no me los puedo poner sino estrechándolos de arriba y quitándole? a n p a ñ o de aba i o. Si yo fuera sola, con los quince duros y medio que tengo de viudedad estaría hecha u n a reina propiamente; pero, hija, ¿qué hago yo con estas chicas? Usted no sabe lo que pasan ellas y lo que paso y o E r a s algo t r a b a j a n p a r a fuera, sin que lo sepa nadie miás que usted, porque, es claro, yo soy la que llevo y traigo la 1 P iJor de la tienda; pero ni para vestírseles produce el trabajo; y luego que hay temporadas en que no hacen nada. De inodo que estoy aburrida, doña Sandalia, y me levanto y me acuesto preguntando: Señor, pero ¿qué hago yo con estas chicas? -Las niñas lo que necesitan es casarse. -Sí, señora, eso es lo que necesitan; pero ¿con quién? No todas tienen la suerte que su hija de isted, que ha encontrado u n hombre de bien que se está mirando en ella, y ya n o la faltará que comer mientras viva. -Eso sí señora, doña Presentación; no tengo queja; mi yerno, como guapo no es guapo, y así al pronto parece uii poco bruto, y á mi hija, como se ha criado en t a n buenos pañales, no le hacia m u c h a gracia lo del almacén de salchichones; pero, amiga, ahora ya se h a convencido de que es mejor vender salchichón que n o poder comprar n i cordilla... ¿Y usted sabe lo que venden? El año pasado han salido por más de dos mil duros de ganancia, y ahí la tiene usted, que el día de su santo estrenó u n vestido de terciopelo que le estuvo en cuatro mil reales, y sombrero como el que ella He- vaha al juego de pelota no se lo pone u n a duquesa. Este año h a n ido- al Sardinero á t o m a r baños y á lucirse. ¡Qué suerte, doña Sandalia! ¡Ay! si, señora; aunque mi yerno fuera más feo de lo que es, estaríamos mi hija y yo m u y satisfechas; porque, miré usted, él tiene u n a cara que parece u n perro de presa, pero le manejamos como á u n faldero, y no sabe el hombre qué hacerse conmigo, y me da cada salchichón que mete miedo.