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0 í) su advenediza población, eminentemente aristocrática, y p o r ende enemiga de toda diversión c o m t i n a l y democrática. Como cada noble de los antiguos vivía aislado en su burgo, rodeado de fosos, asi los aristócratas eorisurrentes á la p l a y a francesa viven cada cual en su palacio, encerrado por la verja del parq ue y oculto á las miradasMel curioso por el follaje espléndido de los árboles. P a r a ir á los toros, al t e a t r o al paseo, á los boulevards, ahi quedan San Sebastián y Bayona. En Biarritz no cabe más que el spoi- t aislado y aristocrático, no anunciado en la c u a r t a plana do los papeles públicos, sino por medio de invitaciones perfumadas. Asi tienen lugar, ya los paseos en coche hacia la Barra, ó bien hacia la playa de los Vascos, y a los records velocipédicos en la carretera de Bayona, p o r donde han pululado e s t e a ñ o distinguidos y aristocráticos campeones de am. bos sexos, ya las partidas de lawns- tennis ó de olf en la plataforma del Faro. T en la temporada do invierno, pasada la época do c a r r e r a s cuando desaparecen los españoles y dicen que vienen los Í- MSOS, em- piezan las reuniones y five ó cloks en los palacios de los ingleses, celébrase dos voces á la semana la chasse au renard con increíble lujo de caballos y traillas, ardo en fiestas el Britisli- Cluh, especie de reducto dondo acaba por encerrarse la colonia inglesa, y soberoio palacio cuya primera piedra puso no hace muchos años el egregio duque de Connaught. Ni se crea por esto que la colonia española es lo de menos en la playa francesa; bien al contrario, podemos asegur a r que es lo más. Una española, la emperatriz Eugenia, convirtió en morada señorial el antiguo y humilde puerto do pescadores. Desde entonces, la aristocracia española y la política también han tenido en Biarritz u n refugio. Los palacios do Osuna, do Erias y de Tamames forman entre los más soberbios y ricos; dichos nombres, y otros no menos ilustres, dan titulo á las avenidas y calles de la villa francesa; durante muchos años, la política veraniega española ha tenido en Biarritz- -r- r- su foco principal. A no ser por la animación, la espontaneidad y la llaneza neta. mente españolas, ¿quién n o se aburriría en un Biarritz, lleno de ingleses mudos y estirados, de príncipes rusos, misteriosos como anarquistas, y de franceses correctísimos, demasiado ceremoniosos sin duda alguna para la vida de playa? Y ahora, si queréis dejar ésta y conocer algo del Biarritz por dentro podemos subir la empinada cuesta de la playa, dejar atrás el Gran Hotel y el Casino, como inmenso bloque próximo á despeñarse sobre el mar, y después do pasar ante el hotel de Inglaterra, empinado sobro ET. CASIXO u n a colina de verdura, llegaremos a l a plaza do Santa Eugenia, en cuyo centro u n kiosco da albergue alguna que otra vez á la orquesta del Casino. La capilla de Santa Eugenia alza su elevada aguja, y á sus pies se encuentra el P u e r t o de los Pescadores, refugio de pobres barcas que se agitan y cabecean sin cesar. A lo lejos, y sobre u n a altura, divísanse el A t a l a y a y el Semáforo. Más allá u n t ú n e l a t r a v i é s a l a colina y nos lleva á la Eoca de la Virgen; visitamos también la pequeña bahía que conduce á P u e r t o Viejo, y siguiendo la costa, admiraremos la gentil colocación de Villa Belza sobre u n cúmulo do rocas socavadas por la furia del mar. Llegados á la playa de los Vascos, podemos emprender el regreso; y siempre subiendo y bajando