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573 los Vascos, forma u n a línea medrosa, agitada, sinuosísima, como la que acusa la aguja del sji- imógi- afo cuando el apar a t o se aplica al pulso de un cardiaco grave. Las villas, los hoteles, los palacios, la población entera ha echado á correr lomas arriba, cada construcción por su lado, en u n rompan filas qiue tiene todos los caracteres de u n a desbandada general. El Casino se ha subido á la más alta loma, donde no le alcance el furor del Cantábrico; el viejo palacio del E m p e r a d o r quédase rezagado, y ya el oleaje le pica la retaguardia; el mar, por su. parte, envalentonado y fiero como en costa alguna, no ceja en sus asaltos y embestidas; el perfil costero aparece, como antes dije, mellado y sinuoso, lleno de e n t r a n t e s y salientes; infinidad de rocas y peñascos pueblan el mar á poca distancia de la costa; diriase que el Cantábrico h a atacado a l a tierra á dentelladas, y que al retirarse furioso ha dejado caer los bocados sobre el mismo campo de b a t a l l a Sólo dos p u n t a s de tierra avanzan heroicamente sobre el m a r ensoberbecido: el Cabo Martin y la Eoca de la Virgen; sólo dos siluetas aparecen altivas y serenas frente al enemigo en medio de la general desbandada: el faro, la ciencia de los hombres imponiéndose á las ondas y alzado el gigantesco dedo; la Virgen, la fe bajada de lo más alto, inmutable, serena y t r a n q u i l a en su pedestal de rocas lamidas por el oleaje, prestando consuelo y esper a n z a á los marineros de la costa que en Ella confían y á Ella se encomiendan desde alta mar. No u n a sino tres playas tiene Biarritz. A la extrema derecha, la Chambre d Amour, entre el faro de Cabo Martín y la b a r r a allá en la desembocadura del Adour. L a playa está desierta en todo tiempo; de u n a parte, la distancia que la separa de la población retrac á los bañistas; de otra, u n a leyenda triste pesa sobre ella, dándole nombre. Dice la conseja que u n a tarde paseaban junto al mar dos amantes, t a n abstraídos en su amor mutuo como olvidados de los peligros del mar. Este vino hacia ellos, sin darles tiempo para escapar; u n a cueva (la Chambre d Amour) les ofreció engañador refugio: entraron en él, y las olas tras ellos en horrísona c a t a r a t a Al día siguiente flotaban en las aguas los cadáveres de estos Hero y Leandro del Cantábrico. A la extrema izquierda la playa de los Vascos, olvidada también, y esto no por virtud de leyenda alguna, sino por la l rosaioa razón de encontrarse muy lejos de la ciudad. Divisanse en lontananza desde allí las costas de España, mientras por el lado de Biarritz se adel a n t a n en el mar grandes rocas f f- ry menudos cabos. El P u e n t e y las Rocas del Diablo sirven de grueso tornavoz á las olas, cuyo mugido colosal arrulla VILLA iiULZA Y ROCAS DEL DIABLO fieramente 4 Villa Belza, la atrevida é interesante construcción elevada sobre el más adelantado de estos peñascos. L a Gran Playa, la P l a y a de los Locos, la pi- eferida por los bañistas, está en medio de las otras dos, como en sitio de preferencia, limitada á u n lado por, el Cabo Martín y á otro por la infinidad de rocas y peñascos cercanos al Puerto de los Pescadores y al antiguo P a r q u e de las Ostras. Todo es animación en la G- ran P l a y a donde las olas se encabritan y encrespan con m a y o r furor que en n i n g u n a playa del Cantábrico. ConcuiTeneia aristocrática que viene de todos los países y habla en todos los idiomas, pulula por la a r e n a y baja por la r a m p a del G- ran Casino. Espléndido mirador por el estilo de La Perla de San Sebastián, ofrece refugio á los mirones; nada de casetones en la playa: en vez de las b a r r a c a s burguesas, elegantes cestas que semejan sitiales, forradas de encarnado, tejidas de finísimo mimbre, que no de anchas tiras de castaño. Algunas de estas sillas de playa son m u y anchas, de dos ó tres asientos; clavadas allí, en medio de los príncipes rusos y de los nobles polacos, parecen destinadas á alguna r e a l pareja que fuese á recibir en corte. Mientras los niños j u e g a n y las muchachaselegantes íVíea por la playa, las institutrices y las de compañía hacen crochet ú hojean algún libro bajo las sombrillas de i laya, cuyas cortinas se clavan en el