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570 iiés. Y antes más que ahora; porque h a r á cosa de seis años era delito de leso touriamo haber llegado á San Sebastián y no alargarse á B a y o n a á ver á los judíos dar golpes de cabeza en la Sinagoga y golpes de metro on el mostrador. ¿Quién volvía de aUi sin alguna compra, aunque sólo faera por el gusto de paser la a d u a n a con el impermeable puesto ó el paraguas enristrado, así hiciera u n sol canicular? Tal os la B a y o n a mercantil; en cuanto á la B a y o n a militar, mejor idea nos dieron de ella los glacis, la cindadela y el reducto, que aquellos soldados pacíficos que con aire bien poco marcial veíamos cruzar las calles llevando sendas carteras bajo el brazo, como colegiales t e r m i n a d a la hora del recreo. No t r a t o de ofender al soldado francés, porque claro es que el hábito no hace al monje: pero declaro que aquellos militares bayonoses, con sus calzonazos blancos, sus charreteras cayéndose por la vertiente de los desmayados hombros, y el número del regimiento bordado en est a m b r e sobre el cuello flojo de la guerrera, me hicieron pensar, no en los aguerridos servidores de u n a gran patria, sino en la baia comparseria de un teatro mediano, con u n g u a r d a r r o p a más mediano todavía. s %4- -íW V w i e íe rK A, UK W -t i I ai -vi. r 1 S -tir- w í C V I. A O R A N PLAYA. O P L A Y A D E LOS LOCOS En la plaza de Armas tomamos al fin el t r a n v í a de vapor que había de llevarnos á Biarritz en poco más de media hora, Y fuerza es hacerse lenguas de aquel camino, espléndido de poesía y de belleza; urbanizado casi, y sin casi, en toda, su extensión; bordeado á uno y otro costado de la vía por doble fila de hoteles, villas y palacios, cuyas verjas flamantes, verdes huecos y exteriores recién pintados, nos los presentaban como u n ejército en revista extraordinaria do vestuario. Salimos de B a y o n a á todo escape por la puerta Marina, cruzamos los glacis, entramos en las aüéta Paulmy, gran avenida de hermosa vegetación, y pasamos uno tras otro los cafetines, merenderos y brasseries, que acusan la proximidad de la urhe, En seguida chaleU- y más chalets, cerrados y tristes, con grandes letreros sobre la puerta do entrada que decían en letras rojas: 1 loiier: ó bien, A vendré. P o r lo visto estábamos todavía lejos de Biarritz, cuando ningún v e r a n e a n t e había apechugado con alquileres ó compras á tal distancia. P a r a m o s u n momento en San Juan de Anglef, mitad de r u t a para Biarritz, y el camino se fué animando poco á poco. Y a no eran las ras- serien, ni los ckaleU por alquilar, sino las grandes villas y los palacios de planta, con su cifra y su corona sobre la gran verja, que parece contener á duras penas la exuberante vegetación de parques y jardines. El horizonte se ensanchaba de pronto sobro inmensas campiñas cultivadas, ó se estrechaba entre grandes 3 obscuros pinares. Nos parecía atravesar terraplenes y t r i n c h e r a s natvirales en vez de los grisáceos terraplenes de otras líneas y de las t r i n c h e r a s de roca en dondo aún so ven las largas cicatrices del b a r r e n o Pasamos asi junto á las villas Salvador, Santa Suárez, y cien más; nuevo interregno de pinares, y en seguida la villa del duque de Tamames, el puente del camino de hierro y la avenida Lebas. Minutos después llegábamos á Palais Biarritz; u n empujón más, j estaríamos cerca de la Gran P l a y a En efecto; dejamos a t r á s el hotel Continental, el pabellón E n i i q u e IV, el Briüsli- Cluh rancla sancf. orutn de l a colonia inglesa) divisamos las grandes terrazas del palacio de Osuna, el del conde Duehatel, y paramos casi de golpe j u n t o á la villa Desirée, punto final do nuestro viaje. Bajar del vagón y emprender el descenso hacia la Plajea de los Locos, fué todo u n a misma cosa.