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568 oho, p a r a hacer lengua. S ü vous plait or nn lado, Preñez garde por otro, sosteníamos nuestro diálogo sin n i n g ú n tropiezo y nos ontjndiamos psrfeotainente; p r a e b a palpable de c ue lo hacíamos b a s t a n t e mal. E n I r á n se despedía dignamente la línea española. Magnífico edificio el de. la estación; el jefe daba órdenes, pulq uérrimamente vestido con c o r b a t a b l a n c a y uniforme inmaculado; mozos robustos y bien vestidos; carabineros de porte marcial n e t a m e n t e español. De I r ú u á Uendaya no h a y más que el Bidasoa, cruzado por el puente internacional. Apenas resonaron los t r a m o s de éste bajo las ruedas del tren, nos asomamos y volvimos la cabeza atrás. Allá, en la p u n t a española del puente, quedaba u n a pareja de carabineros con el ros enfundado de blanco, la c a r a b i n a atrás colgada al hombro por el portafusil, el uniforme serio, negro, con vivos de color magenta. ¿Qué h a b r á en la otra punta? dijimos mirando hacia adelante. Y vimos dos hombres con trajes grises, como de paisano, cubierta la cabeza por el kepis menudo y cruzado el pecho por u n a correa de color de avellana. -Estos deben ser touristes; no han olvidado su caja de gemelos. -Cá, hombre, fíjese usted bien: es el revólver, que le llevan colgado como u n a c a r t e r a ¡Toma! Pues es verdad. Y mientras las plataformas de la estación de H e n d a y a s o n a b a n como platillos al paso del tren, veíamos en lontananza, señalando los extremos del puente, entrambas parejas de carabineros: los franceses, cachazudos, desgarbados, con las manos atrás, pacíficos empleados del Pisco; los españoles, tiesos, ligeros, marciales, soldados antes que nada. Cruzamos la estación por entre dos larguísimos tableros, donde los empleados de la aduana francesa examinan los equipajes. Varios douaniers, con sendos terrones de tiza en la mano, t r a z a n u n g a r a b a t o en los bultos, devuélvenlos al propietario y sigue su curso la procesión. Nosotros no llevábamos á la mano nada absolutamente, ni más c o n t r a b a n d o como dijo el otro, que nuestras personas. Entramos, pues, en F r a n c i a con la legitima satisfacción de no haberle hecho al Estado francés ni el exiguo gasto 6 unos polvos de yeso. -Con estas tizas, nos decía u n amigo, y estos tableros, ¡qué carambolas se podían nacer! -Sólo faltan las bolas. -Y los tacos. -íío; los tacos y a los echaremos ahí adentro al cambiar de m o n e d a E n efecto, la moneda francesa nos costó carita; pero al fin y al cabo, en vez de aquellos livianos billetes que dimos á cambiar, pesábamos en nuestras manos unos cuantos lídsea brillantes y sonoros como unas campanillas. -Tome usted, Mecaehis, le dije: allá v a n también esos francos y esos perros franceses. -Póngaselos usted en el otro bolsillo. -Es qú. e aquí llevo perros españoles, y se van á morder. Y a con los billetes en la mano, yo no quería m o n t a r en el t r e n sin satisfacer u n a curiosidad. ¡Los gendarmes! ¿Dónde diablos a n d a b a n los gendarmes? Después de mucho e n t r a r y salir, divisamos uno g r a n d o t e allá en el extremo del andén. Eecorría el muelle á g r a n des pasos, las manos cruzadas atrás, los cordones blancos en el pecho como si enseñara las primeras costillas, la cabeza inclinada al peso de su seriedad y de su tricornio. -Vaya, me dijeoron, y a ha visto usted gendarmes. ¡Ah! ¿pero son dos? Ya me lo temía. E n t r a m o s en el coche, partió el tren, y el gendarme siguió paseando a r r i b a y abajo. ¡Diablo con el hombre! ¿Y desde cuándo está asi? -Desde esta mañana; cuando se acaba ponen otro, y gendarme concluido. (i s J Echamos á rodar por tierra extranjera y, á decir verdad, no admiramos en los ferrocarriles franceses ese lujo y ese comfort de que invariablemente h a b l a n los enemigos sistemáticos de todo lo español. U n color más sufrido en la tela de los asientos, dos lámparas en vez de u n a en el techo del vagón, y u n timbre de alarma (con terrible sanción penal para los avisos imprudentes) esto era todo. Doble seto vivo corría paralelo á las vías, marcando á uno y á otro lado los limites del terreno anejo al ferrocarril; on las estaciones veíamos primero el timbre eléctrico, derecho como u n centinela, al comenzar el muelle; luego los mozos de estación, con sus blusas holgadas, recogidas en los ríñones por u n c i n t u r ó n de colores vivos. P a r e c í a n cosa de circo. E n seguida chocábanos extremadamente aquel silencio, aquella seriedad, aquel recogimiento medroso que tanto contrasta con el alegre bullicio y el jaleo castizo de las estaciones españolas. L a línea m a r c h a b a casi paralela al mar; de cuando en cuando oolnmbrábamos á lo lejos tranquilo y sereno al Cantábrico, nuestro mar del Norte, en pos del cual habíamos hecho toda nuestra expedición por C a n t a b r i a y Euskaria. aquel m a r que habíamos visto lamer sosegado las arenas de la Concha, t i r i t a r levemente en la b a h i a de Santander, encenagarse en el abra de Bilbao, tirar á bolea su oleaje en la Zurrióla y batirse á puñetazo limpio con los peñascos del Sardinero. Pasamos por San J u a n de Luz, por Gruethary, por Bidart, llegamos á Biarritz, y sin embargo- ¿Llovía? p r e g u n t a r á de seguro el lector impaciente. No se si llovía; pero el hecho es que no bajamos del vagón y que seguimos h a s t a B a y o n a con el intento de t o m a r allí el tranvía de vapor y ver de paso la ciudad, medio militar, medio comerciante, dos n o t a s que r a b i a n de verse juntas. B a y o n a es u n pueblo triste y melancólico; asómase al Nive y al Adour como pudiera hacerlo u n hipocondriaco para ver si su enfermedad desaparece viendo correr el agua. Atravesamos el puente del Espíritu Santo, esquivando el ofrecimiento de los cocheros, que con sus sombreros cónicos y sus chaquetas cortas y ribeteadas nos pareció que iban á arrancarse por algún aire de El Postillón de la Rioja. Callejeamos un r a t o por la ciudad, viendo en el fondo de las calles, y alzándose sobre los tejados más altos, las dos t o r r e s de la Catedral, firmes y derechas como u n p a r de banderillas bien puesto. De la B a y o n a comercial nos daban idea aquellas tiendas y almacenes muy largos, pero lóbregos y obscuros como las viejas lotizas españolas. Grandes letreros en castellano indican la gran parroquia peninsular del comercio b a y o-