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558 hacia el centro. Y el ceatro es siempre la plaza principal, con sus pórticos invariables, sus edificios públicos, su n o m b r e de la tierra además del nombre dado á todas estas plazas á la caída del régimen absoluto: Plaza de la Gonstibición. E n las ciudades marítimas el movimiento de la población empieza allá donde t e r m i n a el movimiento del mar. Los grandes edificios, los ensanoh. es, las construcciones nuevas, están j u n t o al muelle, y conforme la población h u y e del mar, se esfuman el modernismo, el lujo, el movimiento comercial y l a s mejoras u r b a n a s L a s ciudades del litoral presentan siempre u n magnifico frente de batalla; las de t i e r r a a d e n t r o forman el cuadro y encierran en él á la música, á la bandera y á toda la plana mayor. Y hacíame y o estas consideraciones paseando por el boulevard de la Capitanía, la población en donde más se n o t a este movimiento especial de la ciudad costera. P a r a l e l a m e n t e á los muelles, en terrenos robados al mar, dando frente á la bahía espléndida desde la plaza de Velarde hasta la dársena de P a e r t o Chico, se extiende el boulevard de la I: L BOULEVAED DE L A CAPITASIA Capitanía, formado por las mejores y más nuevas construcciones de la simpática c a p i t a l de la M o n t a ñ a Allí el Suizo, allí las dependencias del puerto, allí muchos edificios públicos, las fondas, los hoteles, los palacios, el núcleo, en fin, del Santander nuevo y pujante. F r e n t e á él se extiende el maderamen de los muelles y avanzan sobre el mar las machinas, ensanchándose á su terminación como mangos de g u i t a r r a P u l u l a n allí las c a r r e t a s do bueyes llevando mercancías al vapor ó sacándolas de él hacia la ciudad, mientras los pescadores baldean ó carenan sus lanchones; doble fila de cargadores sale y e n t r a en los barcos como reguero de hormigas, m i e n t r a s la mujer del pescador remienda las redes ó las tiende á secar en el mismo muelle; la sirena del t r a s a t l á n t i c o apaga los gritos de las vendedoras de sardinas; el Santander clásico y el S a n t a n d e r moderno se ven en el muelle confundidos y barajados; el mundo de los pescadores se resiste á dar plaza al mundo de los navieros. -Y ahora, ¿adonde quieren ustedes ir? nos dijo el amabilísimo Extrañi, á quien no he de pagar t a n t a bondad con elogios completamente inútiles. -Yo quisiera, le dije, ver la calle Alta, recordar á P e r e d a otra vez, curiosear lo que queda de aquellos cabildos de mareantes... -A amos allá, pero ya verá usted que es poco lo que queda y m u y desparramado. En efecto, la calle A l t a es u n a vía como todas las demás; en algún balcón vimos redes colgadas y calzones de agua tendidos á secar; pero ni esta n o t a se repetía mucho, n i era exclusiva de aquel barrio. Los antiguos pescadores bajab a n al m a r desde la calle A l t a por agria pendiente, que t e r m i n a b a en las mismas ondas. H u b o pescador santanderino que murió de viejo sin conocer de Santander más que el mar, la r a m p a y el trozo de calle comprendido hasta la puerta de su vivienda.